Mujeres de fantasía

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Desde hace un tiempo he comprobado que las mujeres no me paran bola, o al menos no me paran bola como antes, cuando me masturbaba pensando en ellas. Hay días en que te despertás y la primera pendejada que hacés es ponerte a leer La Tribuna para acompañar el desayuno, cuando en este país la verdadera exclusiva del día se la encuentra uno con solo alzar la mirada. Mis vecinas, mis compañeras de colegio, mis profesoras y las putas del Pink Pussy Cat han dejado de pararme bola, no sé si todas al mismo tiempo o gradualmente, como cuando se deja de observar una puesta de sol.

Cuando Netflix me regaló un mes de suscripción en septiembre lo primero que hice fue ver Mad Men, una serie tan buena que al final resultó ser una mierda. En uno de sus capítulos intermedios Roger Sterling dijo que le gustaban “las pelirrojas de tetas grandes” y de inmediato se me ocurrió pensar qué es lo que a mí más me gustaba de la vida. Roger hablaba de su amante, otro cimiento sobre el que instaurar mi declive: antes, al oír el nombre de Christina Hendricks, yo habría ido corriendo al baño, a tocarme, y ahora entro trastabillando en cualquier bar. De ser posible uno donde no esté Jorge Torres. Y es que internet ha destrozado mi imaginación, ha arrancado las páginas de la libreta de invenciones sobre las que se sostenían, penosamente, mi capacidad de seducción a la carta y mis pajazos artesanales.

Cuando Roger dijo eso yo me acordé de una mujer de nalgas profusas y cachetes pecosos que había conocido en el gimnasio o fuera de él, porque yo a los gimnasios normalmente voy fuera, y de la que no encontraba más referencias que la cama y la bicicleta estática. Pero caí en razón mustiamente de que sólo se trataba de una fantasía sexual. Jamás le había hablado, y en igual situación que ella estaban decenas de mujeres con las que había mantenido una relación; un vínculo que nos unía sin que ellas, pese a que lo sospecharan, pese a que en algún momento se hayan quedado a puntito de preguntar, terminasen de saber por qué.

¿Dónde están las muchachas de los pajazos? ¿A dónde van esas mujeres cuando sin vacilaciones uno las releva en los primeros minutos del partido? Bien es cierto que hubo caprichos efímeros, pero también hubo quienes compartieron conmigo los años rebeldes de mi juventud. Hay de todo en la viña del Señor. De vez en cuando me las encuentro por la calle y siento la melancolía de lo que nunca ocurrió o de lo que ocurrió a solas. De repente me veo detrás de una de ellas en la fila del supermercado sin ser capaz de decirle que en matrix me la ha chupado como si no hubiese un mañana y que durante meses iba a visitarme al apartamento con cualquier excusa para comenzar allí mismo el rodaje de una película de guion descomunal.

Esos nexos que mis mujeres desconocen y que han fraguado mis perversiones uno no suele olvidarlos de un día para otro. A mi edad ya empiezo a sentir la imperiosa necesidad de elegir al azar a una mesera —digamos que de Alquimia Cervecera— y preguntarle qué tal le va y cómo están los niños, mientras observo minuciosamente las facciones de uno de ellos, por si acaso. Pero ahora lo que pienso es que esas mujeres no me dejaron de parar bola sino que no me pararon bola jamás, y que lo que ocurre es que ya no pienso en ellas, o no pienso en ellas como pensaba antes, porque la necesidad no es la de entonces y porque la imaginación ahora exige high definition y no aquellos formidables rollos de celuloide, aquel Cinema Paradiso en el que nos hicimos adultos a escondidas, aprovechando astutamente algún receso, ocultándonos de nuestros padres y ocultándonos hasta de Dios, que nunca tuvo fe en nosotros. ¡Ya hay que ser hijo de puta!

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