¿Y los viejos actores sociales?

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Qué distantes quedaron aquellos tiempos en que “el hombre soldado” constituía el elemento aglutinador en la defensa de los derechos de la clase trabajadora, así como en el mejoramiento de las condiciones de vida a nivel social, mediante un proyecto reformista o uno emancipador. Pero, ¿qué sucedió con el proyecto de la clase obrera como razón cósmica y su objetivación en una sociedad más justa? En la búsqueda de respuestas a esta interrogante es imprescindible establecer que el carácter volátil e indeterminado de la sociedad moderna obedece a la ruptura entre la dimensión económica y la dimensión cultural y simbólica, lo que ha propiciado la primacía de lo económico como fuerza dominante en la sociedad. Asociado a lo anterior está la preeminencia alcanzada por las tecnologías de la información y comunicación (TIC), lo que ha contribuido enormemente al proceso de globalización económica. Este circuito se integra bajo la ideología neoliberal, en donde se reífica el mercado como entidad reguladora del subsistema económico, así como del subsistema social.

De esta forma, al segregar la economía de la cultura se generó un conflicto entre las demandas aisladas de distintos sectores sociales y el proyecto hegemónico. En este contexto surgen los denominados Nuevos Movimientos Sociales, que se caracterizan por atomizar la sociedad con sus diversas y a veces difusas demandas, las que son producto de la crisis de las instituciones modernas y la pérdida de identidad de la sociedad como tal. Al respecto, Alain Touraine, en ¿Podremos vivir juntos? ¿Iguales y diferentes?, sostiene que “el actor deja de ser social, se define por lo que es y no por lo que hace identidad y el rol que se juega en la sociedad se distancia, y de esta forma las personas más que sentirse parte de una sociedad global se sienten parte de una cultura específica”.

Lo que Touraine argumenta es que al entrar en crisis los elementos culturales, económicos, sociales y la estructura política que sirven como elementos aglutinantes, las sociedades tienden a disolverse. Por consiguiente, el actor deja de ser social al no identificarse con ninguna estructura social en particular y se vuelve hacia su cultura particular, llevándolo a la desocialización. En consecuencia, se soslaya el antagonismo clásico, sustentado en la lucha de clases sociales y el cambio social.

Por su parte, Manuel Castells, en Globalización, Identidad y Estado en América Latina, señala que “la estructura de clases en la sociedad industrial ha ido desapareciendo producto de los cambios a nivel del trabajo, como la segmentación de la mano de obra y la individualización del trabajo, y la globalización del capital en la forma de capital financiero”, lo que ha ocasionado nuevas formas de enfrentar los conflictos sociales, pues las antípodas clasistas han perdido relevancia frente a los nuevos escenarios sociales y demandas fragmentadas.

Esto ha significado un cambio en la forma de abordar los conflictos sociales, ya que la lucha de clases como fenómeno explicativo de los conflictos pierde fuerza ante la aparición de nuevas formas de acción colectiva. No obstante, la multiplicidad de actores sociales sustentados en peticiones heterogéneas implica que cada uno de ellos defiende y promociona ciertos intereses particulares, lo cual es beneficioso para el sistema social imperante. En este sentido, Touraine, arguye que “(…) es esencial subrayar que la desocialización y la despolitización de las redes económicas y financieras constituyen por sí mismas un mecanismo de dominación en provecho de los dueños de capitales”. Lo anterior obedece a la dificultad de homologar un proyecto político en común, lo que contribuye a encubrir las relaciones de dominación existentes y los conflictos que el funcionamiento del proyecto dominante genera.

Es así como el sistema capitalista ha logrado una reestructuración sustentada en la creación y difusión de información estereotipada. Además, ha tenido la habilidad de extrapolar las luchas sociales del factor económico al componente cultural, con lo cual trasladaron las disputas al ámbito del reconocimiento de derechos y lo desvincularon del antagonismo de clases y la trascendencia del actual sistema social. Asimismo, la caída del paradigma socialista y el desprestigio de un sector representativo de la clase sindical y gremial del país contribuyó a la profundización de la ideología neoliberal y la ampliación del espectro en el tejido social; este vacío fue ocupado por diversas manifestaciones de acción colectiva, como ser: grupos ecologistas, defensores de derechos de los pueblos ancestrales, los seguidores de la teoría queer, los movimientos estudiantiles, entre otros. No obstante, en su mayoría estos actores sociales fundamentan sus demandas dentro de la teoría política liberal; es decir, mientras exigen el reconocimiento y ejercicios de sus derechos, a la vez son instrumentos legitimadores del orden social establecido, en tanto, sus demandas sean escuchadas en un mercado político, lo que refuerza la idea de que el sistema funciona para todos.

Finalmente, se puede establecer que la estructura de propiedad y las relaciones de poder y privilegios ha quedado a salvo de la amenaza del movimiento obrero debido a factores como el crecimiento económico, las reformas, el impacto de la aristocracia obrera en el movimiento sindical y las divisiones de la clase obrera propiciados por el capital y el estado, la falsa conciencia y su influencia en la actuación de los líderes obreros. No obstante, Ralph Milibant, en Análisis de clases, incorpora otro elemento que considera de vital importancia: “la influencia de la democracia capitalista en los movimientos obreros, gracias a su flexibilidad y capacidad de resistencia y asimilación ha logrado contener y debilitar la presión desde abajo. Consiguientemente, los líderes obreros reformistas se fueron convirtiendo en defensores de la modernización, gradualidad y conciliación”. Esta situación conllevó al declive de los viejos actores sociales, lo que fue aprovechado por las nuevas formas de acción colectiva, bajo el argumento de que el concepto de clases sociales era excluyente y encubría otras formas de desigualdad social.

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