Humo

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Cuando no veo palabras que se retuercen

hasta formar anillos de humo en torno a mí,

estoy en la oscuridad, no soy nada.

Virginia Wolf, Las olas.

Escribir una columna, escribir cualquier tipo de texto, tiene sus dificultades. No estoy diciendo nada nuevo, pero vale recordarlo ahora que ha finalizado un año en el que colaboré para Tercer Mundo con mi columna Hotel Insomnia (nombre que es un pequeño homenaje al libro homónimo del poeta Charles Simic) y que comienza otro en el que me dispongo a continuar, siempre que esta pequeña estancia no sea clausurada por los administradores.

La primera dificultad, quizás, sea definir el grado de responsabilidad con que se escribe. Los argumentos al respecto son tan variados que ofrecen un amplio abanico de posiciones respecto a la palabra, los temas, los propósitos, el estilo y hasta el sentido ético con que se enfrenta la tarea de escribir. He observado columnas en las que cualquiera puede percibir el tono grave de quien considera estar diciendo algo de importancia capital que puede cambiar el rumbo de la historia; otras parecen ubicarse al otro extremo del espectro, escritas con desenfado y socarronería, sobre asuntos baladíes, casi como celebración de una futilidad que debería extenderse al universo entero, para salvarlo o para contribuir con su colapso. En las estaciones intermedias las hay redactadas con evidente propiedad, erudición, seriedad en el análisis de los temas y conocimiento de lo infructuoso que resulta muchas veces exigir una lectura inteligente. Personalmente, para el formato de columna, estas son mis preferidas, sobre todo cuando utilizan el sarcasmo, la ironía, el ingenio ácido del verbo, para lanzar sus flechas envenenadas de verdades incómodas a una multitud que cierra filas en torno de sí misma y que, en los estertores, se revuelca balbuceando respuestas inútiles.

De alguna manera, todos esos rasgos hablan del grado de responsabilidad asumido por quienes escribimos, pero es fácil extraviarse en su bosque de espejismos, puesto que el tipo de humor con que se trata un tema no es sinónimo de menor o mayor calidad. Esta sólo es posible deducirla a partir de la suma de los componentes del escrito. El más vano de los temas puede ser elevado a cimas de pensamiento estimulantes y aleccionadoras, de la misma manera en que los asuntos más esenciales y urgentes para la sobrevivencia humana pueden ser banalizados por el escritor. Barthes y otros teóricos del lenguaje han dicho que es el lector quien completa el texto, y eso completa el círculo de responsabilidad compartida. Es de esa manera que la responsabilidad trasciende la insularidad del objeto textual y se conecta en forma directa y proporcional con el continente de responsabilidad y demás recursos del lector.

Dificultad aparte es seleccionar un tema de la infinita lista de posibilidades. ¿Se piensa, entonces, en lo que a mí como escritor me interesa o en lo que considero que puede interesar a mis hipotéticos lectores? ¿Qué temas son pertinentes y cuáles superfluos y postergables? Todo es circunstancial, casi como si quienes escribimos tuviésemos a nuestra disposición múltiples frecuencias, seleccionáramos una, emitiéramos nuestra voz por ella y pretendiéramos encontrar un oyente que sintonizara esa señal a millones de años luz en las profundidades del espacio exterior. Podemos suponer que existe esa inteligencia extrarradial, pero quizá nunca lo sabremos. Nos queda el inútil consuelo de compararnos en eso con las hormigas cuyos afanes suceden bajo la mirada de un observador al que es posible que no le interese comunicarse con nuestra pequeña existencia.

Las diversas maneras que cada escritor de estas columnas tiene para escoger ese tema ocasional (nada es tan trascendente, no nos engañemos. De Ozymandias sólo quedaron ruinas sepultadas por la arena) podrían ser material para una o varias sabrosas columnas, pero debo acotar esas posibilidades a lo que me corresponde. Vamos a ello.

Para esta entrada de Hotel insomnia, por ejemplo, pensé hablar acerca de las recientes polémicas vernáculas en torno a la crítica literaria (académica, periodística, de barrio, de bar o cafetín), pero desistí en esta ocasión, no porque carezca de opinión al respecto, sino por (entre otras razones):

  1. Lo inútil que parece ser tal esfuerzo en las actuales condiciones de crispación nerviosa que presenta gran parte del universo local relacionado con la literatura, por culpa de joh o de mel, de Marwan o de Pizarnik, de la Iglesia Pare de sufrir o de Vida Abundante, de Barthes o de Perico de los palotes, o de cualquiera de ellos, según la filiación política, religiosa, poética o hermenéutica del interfecto.
  2. Mi convencimiento vital de que no me apetece ni necesito entrar a la carnicería. Demasiado bofe hay colgado de los ganchos y la carne siempre está disponible en la inmensa lista de autores, de obras y experiencias valiosas que ofrecen su magisterio sin amenaza de guerra ni vilipendio de por medio. Imagino y comprendo que similares razones existen en el silencio que muchos de nuestros contactos muestran ante la estridencia del entrechocar de los cuchillos de los heridos egos literarios. De igual manera, admiro el valor casi temerario de quienes se atreven a esbozar una opinión que, indefectiblemente, será considerada una flecha curva para los numerosos sansebastianes del entorno.

Así que pensé, entonces, hablar de política, pero recordé que ese tema está reservado para los politólogos y políticos de oficio, y que, a nosotros, simples mortales carne de cañón, se nos exige ser sujetos pasivos que dejan su cerebro en la cajita colocada a la entrada de la sede del Partido, como un objeto fenecido para la fría mirada del forense de la historia. Quizás no es mala idea sólo adherirme en silencio a las causas que considero necesarias y actuar en consecuencia, más en lo cierto privado que en lo engañoso público.

Descartado lo anterior, pensé que no estaría mal compartir un poco mis reflexiones acerca de la poesía y la narrativa, pero esto tiene relación directa con el primer tema desechado y, bueno, ya se dijo que en esta tierra de nadie hay que esperar el paso de las eras y eones para que haya alguna claridad acerca de qué es literatura, qué es poesía, quién es poeta y quién no. «El tiempo es el gran censor», se dice, casi como una perogrullada, dando por entendido que ese “tiempo” siempre será un futuro sabio que trillará la paja del heno, y que en el presente no existe la “tecnología” para discernir con acierto cuál es la vaca y cuál la bosta. Es decir, estamos todos ciegos (salvo los grises y los pardos de la sabiduría criolla, que han llegado del futuro y están entre nosotros, alertas y dispuestos a señalar nuestra total ignorancia e incapacidad en este y otros temas). En ese limbo de indeterminación, donde todo es nada y nada es todo, donde no existe criterio confiable y cualquier cosa es admitida a trámite (sin suspensión del ejercicio ni negación del título de literato a nadie), ¿qué puedo decir al respecto que tenga algún valor o utilidad para alguien más que no sea yo mismo?

Luego me vino a la mente escribir algo acerca de la violencia en Honduras (ese tema tan grande como el amor y la muerte), y nuevamente topé con las murallas del señor feudal de la sociología y la historia que, en más de una ocasión, ha dicho «Ve, ahora es que todos son historiadores o sociólogos». No, no puedo escribir sobre la violencia en Honduras, por más que la experiencia me haya preparado para ello, igual que a millones de pobladores que a diario se ven expuesto a y son víctimas de múltiples formas de violencia. Una vez más, no debo intentar explicaciones no calificadas a la violencia cotidiana y normalizada, a la violencia ejercida entre nosotros, contra nosotros y desde nosotros.

Otro tema era hablar del futuro posible, de sí la esperanza o el fatalismo triunfarán en ese tiempo ulterior, de si vale la pena luchar hoy por mejorar la realidad del mañana o si, realmente, no existen condiciones locales y globales para que nuestra aldea deje de ser un lodazal donde los cerdos gruñen, se rebelan contra el amo, ascienden en la escala social y terminan como jefes despóticos del gremio, del sindicato o del gobierno. Tenía algunas ideas que podía expresar, pero recordé que yo no vengo del futuro, que en este tema también hay grises y pardos especializados, que vivimos en el pasado (aunque parezca el presente), que todo nos llega tarde o no nos llega nunca (excepto lo que la nave nodriza quiere que nos llegue: los impuestos, la pobreza, las armas, la estupidez y la miseria).

Podría haber escrito acerca de lo que nos dejó el año viejo (seguro, a más de alguno le vino la respuesta en forma de estribillo: “Me dejó una burra, una yegua blanca y una buena suegra”). Tomado en serio, podría ser interesante saber cuál es el balance de ese calendario fenecido. Quizá podríamos poner en la columna de los haberes algunos logros personales; invocar la frase “no hay mal que por bien no venga” para consolarnos con las pérdidas, y reconocer, irrefutablemente, ciertos fracasos que van más allá de no haber cumplido con la dieta prometida el año anterior al anterior; pero ¿a quién le interesa hacer ese recuento? y, sobre todo, ¿de qué serviría? El ciclo se repite cada trescientos sesenta y cinco días y hacerlo sería un ejercicio de rumiantes (otra vez la vaca y su bosta).

¿De qué hablar, entonces? ¿De los amigos que se han visto obligados a abandonar sus familias y país?, ¿de la migración?, ¿de los migrantes?, ¿del desplazamiento forzado dentro y hacia afuera del país?, ¿del exilio que parece cebarse a costa de muchos compatriotas? Posiblemente lo haga en otro momento, porque ahora me parece estar viendo las babas de algunos imbéciles que escupen sobre el desgarramiento y dolor de los migrantes la acusación de que quienes tomaron esa decisión o se vieron forzados a ello lo hicieron por cobardía y que los únicos autoproclamados valientes del patio son los susodichos. El azote de la migración no es nuevo, pero en estos últimos años ha cobrado dimensiones insospechadas, de una brutalidad indecible, sólo banalizada por quienes carecen de cerebro y corazón, y únicamente procesan la realidad a través de los cuatro estómagos de la vaca aquella, con el consecuente “producto” expelido por ambos orificios del tracto digestivo.

A riesgo de que caer en una especie de abismo nihilista, fui perdiendo la esperanza de encontrar algún tema no vedado a mis cuestionadas capacidades y me asaltó una sensación de vacío e inmaterialidad propia de quien pierde todos sus referentes en el mundo, como se debe estar en el no-ser, antes de nacer o después de la muerte.

Quedaba, por supuesto, la posibilidad de escribir sobre asuntos de apariencia inocua, por ejemplo: un nogal vareado por el viento (Apollinaire y su jefe del signo del otoño), una bolsa que flota y gira en el anonimato de una esquina (Belleza americana), la hierba cortada por los campesinos (y elevada a dimensiones cósmicas y sociales en un poema de Roberto Sosa), la brillante estela que deja un avión interoceánico como un cometa bajo el cielo de la tarde; sin embargo, no puedo quitarme de la mente algunos dramas personales que revelan la sintomatología de una sociedad enferma y desesperada: un amigo que se lanza desde un quinto piso y cae sobre el techo de un auto, un migrante que decide cruzar a nado el muro de la insolaridad y se ahoga en el océano nocturno. Las palabras son pobre cosa en esos casos. Se impone un silencio respetuoso y reflexivo por tantas vidas empujadas, arrojadas, perdidas en el abismo de las esperanzas tronchadas, de los paraísos artificiales, de la maquina salvaje de los días del mercado y la necropolítica.

Al parecer había sido vencido sin combate por la fuerza de las opiniones ajenas, pero no caigamos en esa trampa: en realidad sólo es una tregua que otorgo a esos temas que, quizá, toque en el futuro cercano. Al final, contando las dificultades para elegir un tema, hemos hablado de muchos y de ninguno, y la columna está escrita (o parece que lo está y sólo se trata de una columna de humo).

¿Qué había logrado al final de estas cavilaciones? ¿Acaso la exposición de estos pensamientos constituye una columna?, ¿qué clase de responsabilidad estaría exhibiendo si decidiera publicarla? ¿Por qué no comenzar de nuevo, escoger un tema cualquiera, investigarlo, razonar mis posturas al respecto, redactarlo lo mejor que pueda y quedar en paz? Otra vez la niebla de las fantasmagorías, los espejismos y la duda.

Estuve a punto de borrar este texto. Lo seleccioné en la pantalla, lo vi en gris y decidí dejar la página en blanco. Disculpen que en lugar de presionar «Delete» pulsé «Énter» y se fue.

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