Tren a la deriva

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Mi amigo Giovanni Rodríguez me pide que cuente acerca de lo que me pasó un día en que me entrampé en el tráfico de la Tercera Calle del barrio El Centro de San Pedro Sula y estuve a punto de ser embestido por el tren. Un tren diminuto y cansado que dejó de circular hace tiempo y del que aún se añora el alboroto que armaba. Recuerdo que por ese tiempo andaba leyendo el cuento “Continuidad de los parques” de Julio Cortázar y encontré algún paralelismo entre lo que me sucedía y la narración del escritor argentino. Era como si hubiera creado las condiciones en mi mente y el tren estuviera formado de antemano en mi conciencia y sólo bastara soltarlo en la calle para amenazarme con sus fierros. Lo cierto es que me asusté hasta el final, cuando el primer vehículo en la bocacalle zigzagueó entre los tenderetes, azuzó el motor y propició el espacio para que pudiera avanzar. Avanzar es un decir, en esa zona de San Pedro Sula los vehículos se arrastran por el asfalto.

Una vez fuera del atasco pensé en mi invulnerabilidad, en mi estrella. Me creí distinto al resto del mundo sólo por el hecho de haber escapado ileso de aquel acto inamisible. Entonces no entendía que en San Pedro Sula ese era un incidente usual, cotidiano, uno más de los tantos absurdos con los que hay que lidiar en sus calles. Unos meses más adelante caí en la cuenta de que no se trataba de algo especial que sólo me sucediera a mí; yo era uno más de los cientos de parroquianos que han debido enfrentarse al mismo dilema mientras manejan por el centro: atreverse a saltar por encima del auto que nos bloquea la salida del terraplén ferroviario o esperar el último segundo, abrir la portezuela y huir como un condenado.

Sin embargo, ese hecho, inaudito en un país civilizado, promovió mi interés por aquella bulliciosa sección de la ciudad que se había ido enfriando conforme el tren, con su trote asmático y su animalidad, dejó de circular por completo. Porque es seguro que algo cambió en el paisaje cuando aquella máquina tartajosa se convirtió en una sombra. Las voluntades, las personas, sus historias y por qué no, hasta su manera de encarar la existencia, se transformaron de forma irremediable. Me consta que miles de individuos, cuyo sustento dependía de las alocadas travesías del tren, empezaron a inventarse una vida distinta. Pienso que los viajes diarios del tren constituían el límite de la imaginación de esos individuos que vagaban con indulgencia por los alrededores de la línea férrea y que una vez que se sintieron liberados decidieron buscarse sus propios lindes interiores.

Por ese tiempo el centro de San Pedro Sula se estrechaba a pasos agigantados mientras los costados engordaban. La ciudad padecía de convulsiones y cada semana algo se descomponía de manera irremediable, como si el estado de permanencia que se imponía en las cosas ayudara a conformar un orden diferente. Nadie imaginaba que el tren había ayudado a mantener, en los barrios de su influencia, el estigma de lo pasajero, de lo volátil o precario. Sólo el que tuvo la oportunidad de seguir el recorrido del tren entre el maremágnum de tenderetes podrá hacerse una idea verdadera.

En algún momento de la mañana la máquina tropezaba con el asfalto y empezaba a emitir sus pitidos. Luego enfilaba hacia la Siete Calle y asomaba su rostro caballuno al escalar el terraplén que allí comienza a empinarse. Un silbido más agudo, una cuadra adelante, indicaba que era hora de desmontar todo lo movible entre la Primera y Segunda Avenida. Las chabolas salían de su camino, por arte de magia, las mercaderías volaban, el cinc rugía, los fuegos se apagaban; hombres y bestias culebreaban entre los puntales con celeridad. Nunca vi más un desmantelamiento más exacto, hasta los mismos afectos parecían sacarse de sus bases.

El tren trotaba y hacía tambalearse a los edificios adyacentes, les renovaba las cáscaras y el hollín. Todo lo que no estaba bien asegurado cambiaba de lugar, se transformaba o salía despedido hacia las nubes. Para los chiquillos de las riberas, todo aquel torbellino de cosas que aleteaban era motivo de alegría; les gustaba mirar la drasticidad de las modificaciones mientras gritaban y correaban sus letanías soeces; algunos arrojaban sus desperdicios a la línea para escuchar sus crujidos. Sin embargo, sus padres no se contentaban, ni sus abuelos, al contrario, hipaban con un dejo de tristeza y más de uno vertía una lágrima. Sólo los muchachos mostraban indiferencia, como si en su ardor juvenil no pudieran imaginarse las despedidas que quedaron truncadas o las que se fraguaron de manera inútil en la estación abandonada.

El vacío que dejaba la locomotora con su alejamiento dio pie a la aparición de nuevos complejos. Todos fingían volver a la normalidad después de su paso errático, pero era seguro que nadie lo lograba. Volver a armar las chabolas no los eximía de la tristeza. La gente se siente sola después de que el mundo se ha agitado, después de que sus vidas descienden a la rutina de golpe, entonces afloran las afecciones, los dolores, los pesares, los hábitos descontrolados. Es de allí de donde nacen la literatura, los libros.

Los individuos que sienten que han perdido algo que los mantenía ocupados son proclives a dejarse extraer los afectos. Pude comprobarlo. No les importa mentir para recuperar lo que piensan que les ha arrebatado el futuro. Llenan su mente de recuerdos que no llegaron a concretarse del todo, que pasaron junto a ellos sin tocarlos. En ese estado de pasividad las historias se multiplican, se enriquecen. Acercarse a ellos es un deber, una parte del mundo queda atrapado en su interior y es una obligación del escritor tirar de ella aún a punta de chantajes.

Así lo hice yo y, entonces, la historia del muchacho quedó al descubierto. Un muchacho cualquiera, cuyo cuerpo no contaba para el paisaje, estaba al borde del terraplén como una piedra o un objeto informe. El alcohol que se revolvía en sus tripas lo llevaba a sudar, un sudor verduzco y aceitoso. Todo el mundo se daba cuenta de su anormalidad, de la manera como cada día iba pareciéndose al entorno terroso. No digo que oteaba el horizonte en busca del tren, pero había en él un sentido que permanecía alerta. Sólo se movía si escuchaba el estruendo acercarse. Es obvio que sentí curiosidad, que inquirí a sus vecinos. Ellos no entendían, nunca entendieron. Sus explicaciones eran torpes, hasta contradictorias y fáciles.

El muchacho no esperaba a la joven que un día abordó el tren y le prometió que volvería, no esperaba ese amor dulce de su primera juventud a cuyo rumor siempre se vuelve. No había idealizado a nadie ni soñaba con una redención sentimental. La muchacha que había tomado el tren en la realidad, hacía tiempo que había regresado a él, todas las noches lo esperaba en un cobertizo sucio de la 23 Calle con sus tortillas ahumadas y sus frijoles bien calientitos.

Era una chica avispada que vendía baratijas para mantener a aquel muchacho que se había quedado varado a la orilla de la línea y que esperaba un tren infinito. O más bien que esperaba algo que se había diluido en el aire. Tal vez como Eladio Linacero, el protagonista de El pozo, la novela de Onetti, el muchacho esperaba la materialización del pasado, que volviera enredado en las ruedas del tren; pero no todo el pasado, sólo el que concernía a la juventud de su mujer. Quería a la muchacha antigua, hasta inocente, que había aparecido una mañana del tiempo montada en la locomotora. No ésta que le había dado hijos, lo calmaba y se partía la espalda todos los días para darle de comer. La locomotora le aireaba ese recuerdo del pasado, lo vivificaba, y tal vez por eso el muchacho se aferraba a esa esperanza.

Al final supe que el muchacho pertenecía al gremio, como yo, de los que se habían salvado por un pelo de la embestida del tren; de lo demás ya no tuve tiempo de averiguar nada. Tal vez la ciudad superó con creces la ausencia del estropicio del tren, o lo sustituyó por otro. Los humanos a todo nos adaptamos. Lo cierto es que en la actualidad el tren se ha convertido en una vergonzosa atracción de feria y es seguro que aquel muchacho asustado que desconocía a su amor verdadero, también.

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