Alguien me detesta

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Una conocida me dijo que una amiga suya con la que yo nunca tuve ningún tipo de relación me detestaba. Fue una noticia áspera, tanto que me dio muchísima satisfacción oírla. Ser detestado es algo a lo que no suelo prestar demasiada atención por más que me esmere. Además, yo escribo cosas en Tercer Mundo, y lo lógico es que se me notifique de los pocos que no me detestan, no al revés, ya que parto desde la antipatía.

Resulta que la tipa en cuestión era una de esas personas que uno conoció bien de lejitos en la periferia de la vida; quizás no se trate de alguien a quien vayás a prestar pisto, o a prestar un libro, pero sí a echar un polvo según el momento y la gafera. Y precisamente el hecho de que fuese una conocida es lo que me desconcertó muchísimo, casi nada, porque yo en la intimidad definitivamente salgo muy favorecido. Soy un tipo agradable, guapísimo e incluso genial, rápidamente le tomo cariñito a la gente y hablo mierdas de todo el mundo con alegría extrema. No podés detestar a alguien así, de modo que me vi forzado a preguntar las razones con algo de desgana, pero cruzando bien los dedos.

“Que te la tirás de intelectual y además parecés pobre, viviendo en la casa de tus papás”, se me respondió. Ahí me vi obligado a agarrarme del borde de la mesa. En aquella época me había quedado yo sin trabajo y, ciertamente, por esa razón tuve que mudarme a San Luis, a vivir con Moncho y Yolanda. Los reveses de la vida yo siempre los he absorbido regresando a la teta, algo así como una suerte de formateo, y precisaba volver a tumbarme en aquella cama en cuyo respaldar tenía escrito en tinta roja “Patria o muerte” y acostarme con colegialas en el cuarto de mi pubertad. Llámenme ustedes raro, pero nunca consideré esa situación un motivo de pobreza, sobre todo porque podía yo fácilmente haber rentado una mansión para mí y otra para mi conocida y sus gatos, y menos un motivo para ser detestado, porque la pobreza es algo que siempre he cargado con dignidad, algo que en los tiempos que corren es mas bien una norma elemental de cortesía.

No obstante decidí pasar por alto sus motivos, ya que el hecho de saber que una conocida de antaño me detestaba acabó resultándome alucinante. Más que nada porque, contrario a lo que normalmente se acostumbra, la tipa no se molestaba en disimularlo. Volteaba la cara para otro lado cuando nos encontrábamos y yo corría hacia ella, sobresaltado, indicándole el descuido: “Hey, guapa, ¿no me viste? Jaja.”. Ella se detenía, muy tensa, y sosteníamos pláticas breves y cortantes, casi inexistentes. La pasada Navidad estaba rodeada de gente, yo fui a su encuentro y le di un abrazo tan fuerte y efusivo que casi me escupe.

Fue así como, de repente, empezó a caerme bastante bien, hasta límites casi insospechados. No solo por cómo reaccionaba a mis muestras de cordialidad, tan maravillosas, sino porque yo también me detestaba. De pronto descubrimos que teníamos algo casi espiritual en común, ya que podíamos pasar jornadas enteras haciéndome bullying por cualquier tontería.

— Mirá ese melón, parece tu cabeza.      —   ¡Jajaja!

Pensé que si ella me detestaba por vivir con mis papás, lo mejor aún estaba por llegar cuando destapase el cajón de mis vergüenzas: mi pedantería sobre lo que repudiaba; el resquemor roñoso del éxito de tipos a los que creía inferiores a mí; las ocasiones en que me masturbaba pensando en la novia de mi exjefe imaginándolo a él viéndonos desde un sillón en medio de una habitación semioscura; las horas y horas que navegaba en internet leyendo sobre escritores a quienes no había leído en mi puta vida para luego citarlos en mis extraordinarios artículos en Tercer Mundo tirándomelas de conocedor; o aquellos jueguecitos sagaces de cuando salía de la universidad y pasaba ofreciendo sexo suave y remunerado a muchachas de integridad descuidada, y al llegar a mi apartamento en el Centro darles sabrosos besos en la mano e invitarlas a fumar para hablarles de mi pasión por Bukowski.

La verdad es que malgastamos nuestra vida rodeándonos de tipos a los que caemos bien, tipos con los que nunca agarramos el suficiente valor para hablar mal de nosotros mismos, quizás por temor a que nos abandonen. Ahí creo yo que tenemos un serio problema, y por eso es bueno tener siempre a disposición alguna conocida que nos deteste, porque nadie nos va a entender mejor que ella. Últimamente yo a la mía le he perdido un poco el rastro. Aun así ha llegado a mis oídos que ha hablado algunas mierdas más de mí, pero sigo sin saber qué exactamente y la curiosidad me está matando. ¿Será que habrá hecho notar públicamente la incoherencia de estar encaprichada con la imagen y al mismo tiempo dejarse las uñas largas para contemplar con detenimiento cómo poquito a poco se van llenando de tierrita? Tenemos que hablar de tantas y tantas cosas, conocida de mi alma. ¡Ay!

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