Una noche entre el grito y la niebla

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En el juego, como en la vida, el esfuerzo individual no es nada si no es parte del esfuerzo colectivo. La colaboración no se atiende sin el principio básico de la generosidad: todos brindamos por la misma causa, esa actitud nos une y nos hace hermanos.-Batuta. Rudo y Cursi

Es temprano por la mañana. Despierto confundido y he creído que tengo turno por la noche, pero recuerdo que es sábado y que los sábados no trabajo. Permanezco acostado y el móvil marca las ocho, o algo cerca de las ocho y veinte. No estoy en mi pueblo natal, tampoco en casa de alguna tía, me encuentro solo en mi apartamento, así que decido devolver mi cabeza a la almohada. He percibido el vibrar del móvil y decido inspeccionar los mensajes recibidos. Hoy a las doce en Multiplaza, dice el primero. Aun no logró comprenderlo; limpio mi cara, me apoyo en mis codos y leo el segundo: Hoy con la barra acceso total.

Hace un par de meses le había comentado al amigo de un amigo que tenía interés en conocer la barra Ultra Fiel. Le marco a mi amigo tan pronto comprendo todo, y éste confirma los mensajes recibidos: Vas con Trompeta. Preparo mi equipo, improviso un desayuno y escucho Molotov mientras me ducho. Al salir de mi apartamento tomo dos autobuses: luego me percato de que me he equivocado de ruta y el autobús me ha dejado lejos de mi destino.

Respondo los dos mensajes al llegar al centro comercial y recibo una pronta y breve respuesta: Ahí te llamo, bro. Sin mucho por hacer, recorro entero el centro comercial. Tomo un americano y ojeo un par de notas que tengo sobre posibles planos para las fotografías. Han pasado, para entonces, tres horas, y tengo que ceder mi silla en el café. Salgo por Carrión hacia el bulevar y reviso mis cigarros. Los Dunhill no ajustarán para toda la noche, así que fumo los últimos tres en las afueras del centro comercial, cerca del punto de taxis. Media hora después he recibido un último mensaje: Ya te vimos, cruzá el bulevar y montate en la camioneta gris.

Cruzo la mediana y no veo ninguna camioneta. Le sigo la trayectoria a un sospechoso pick up rojo que va hacia el McDonald’s cuando la camioneta aparece delante de mí. No distingo entre ellos a mi amigo; la camioneta está abarrotada de barristas. Me abren la puerta y me dan la bienvenida: Pasá, banda. Al entrar veo a Trompeta en el volante y éste me ve con sus ojos filipinos; le sonrío y me presenta. Tartamudeo y les digo mi nombre, ellos no me dan el suyo, me dan su “nombre de guerra”. Trompeta arranca y me dice que vamos al punto de reunión.

Dos cuadras antes y dos después del punto de reunión, la policía resguarda a la Ultra Fiel. Así se hace en cada partido, me han asegurado dos “clases” desde la patrulla. Sobre el Bulevar Los Próceres, los policías y los barristas se saludan, y los barristas se saludan entre sí. Hacen ese ritual de hermanos cuando se distancian por largo tiempo.

Cuando he llegado a creer que me encuentro entre una inmensidad de barristas, dos buses con más integrantes han arribado al punto de encuentro. Cuántos son en total, he preguntado. Me responden que han perdido la cuenta. Sólo sabemos que somos muchos, y seremos más, así es esto, me aseguran. Acompañados de instrumentos, los recién llegados se desplazan por la zona y se comienzan a dar las primeras indicaciones.

Han empezado a ajustar los pergaminos a los bombos; las múltiples y coloridas mantas se expanden con la ayuda de muchas manos, unas gargantas calientan y dan vida a los coros. Así lo hacemos siempre: llegan las peñas y aquí nos organizamos, así lo hemos hecho desde el noventa y ocho. Unos cuantos integrantes son señalados y me dicen de dónde viene cada uno de ellos: De Choloma, Lima, el Puerto, Progreso, de todos los barrios que vos podás pensar.

Los bombos están listos y sus primeros golpes convocan a todos a tomar su lugar para iniciar el recorrido hasta las graderías del estadio Morazán. La tranquilidad efímera de una de las ciudades más violentas del mundo se disipa con el conglomerado de voces que corean cánticos con letras alteradas de Hombres G y Vilma Palma. El coro alienta y la masa ha avanzado unas cuadras. El Morazán se ve un poco más grande ahora y unas cuantas luces parpadeantes de los faroles me indican el falso mantenimiento que recibe el estadio.

La policía se presenta de nuevo para calmar el aquelarre en la entrada de Sol Sur. La Ultra Fiel, por los momentos, se mantiene distante de la situación: Se permite que el público ingrese primero, me dicen. Así respetamos a los que vienen en familia. Algunos niños cantan con nosotros. El que no es de la barra entra primero y sale primero, añade. Las riñas no son algo normal, pero si pasa, nosotros nos defendemos.

La policía revisa a todo aquel que ingresa al estadio. Es algo rutinario: manos contra la pared, dos palmadas en las costillas, dos en el abdomen, una en los bolsillos delanteros, una en los bolsillos traseros, luego cuatro a lo largo de las piernas. Buscan armas de fuego o blancas, encendedores y cigarros, o las peligrosas plumas Bic.

El oficial al mando, por el momento, recibe una falsa llamada, e indica que la barra no puede ingresar. Trompeta, mi contacto, me asegura que esta vez no los van a joder, que se han ganado el acceso. Pisto quieren, asegura. Le he parecido sospechoso a un policía de estatura corta y dice que tiene que hacerme un nuevo chequeo: manos contra la pared y recibo las palmadas en el cuerpo. El oficial al mando recibe una llamada, una de verdad esta vez, e indica que la barra puede entrar.

El ingreso de la barra es el ingreso de un solo cuerpo: todos llevan el mismo paso, todos corean al mismo ritmo, las graderías retumban y para entonces sólo puedo pensar que el concreto no soportará y todos caeremos al ritmo en que subimos. Trompeta pone sus manos en mis hombros y me da breves indicaciones: No te separés, ahorita nos vamos a armar. Los bombos se posicionan al centro, las trompetas detrás de estos, los redoblantes junto a las trompetas, y junto a los redoblantes, la pirotecnia.

Los rostros que defienden el escudo que estos alientan salen a la cancha y aplauden a la barra. Trompeta rompe su coro y su movimiento de brazos y me dice que la barra va a Belice, Costa Rica, Estados Unidos y, eufórico, agrega que la barra va a donde putas yo pueda imaginarme. Una voz grita culero a los rivales y con facilidad, y entre silbidos, la masa le sigue. Reviso el reloj y ha pasado una hora cuarenta y tres minutos desde el primer contacto. Los jugadores vuelven a los vestuarios y una vez más agradecen, entre aplausos, a la barra. Los que han vestido la camiseta del rival de esta noche besan el escudo y golpean su pecho.

Los minutos han pasado, el balón recorre el césped, la barra alienta, dos o tres jugadores marcan la riña, pero el público no ha sido recompensado: cero por cero en la primera mitad. El grito de gol ha quedado ahogado en la boca de la Ultra Fiel. Trompeta y sus colegas dialogan sobre las posibles sustituciones, sobre las estrategias de juego y sobre cómo el partido en la capital les está afectando. Durante el entretiempo los trompetistas se alternan con los redoblantes, los redoblantes con los de la pirotecnia y los de los bombos rotan en sentido contrario a las manecillas del reloj. Aguardan a que el árbitro indique el inicio de la segunda mitad. Trompeta conoce bien al equipo, lleva para entonces cinco años en la barra y ha acertado a dos cambios.

Quedan cuarenta y cinco minutos exactos y la hermandad tricolor no se ha visto desmotivada. Hoy ganamos, grita Trompeta sobre mi hombro. Comienzan los golpes del bombo a marcar el ritmo otra vez.  Los cánticos ahora son más fuertes. La multitud salta. Los barristas se abrazan, saben que ésta es su noche, y no dejan de saltar. La barra señala al árbitro por dos o tres equivocaciones. Aparece una tarjeta amarilla pero no he visto la acción que ha determinado la decisión del árbitro. La pirotecnia se prepara: los primeros golpes de luz han llegado de la izquierda, otros dos por la derecha, y una niebla se ha colado por entre los barristas, que no han parado de alentar a su equipo.

La niebla se ha vuelto espesa y en mi ropa se ha ido acumulando la ceniza. Unos cuantos barristas han escalado el cerco perimetral de alambre ciclón y con ellos han llevado una camiseta del equipo rival que ondean con desprecio. Para entonces ya me encuentro inmiscuido en los quehaceres de la barra: salto, canto y también hago ese movimiento de manos a su ritmo.

Veo el rojo vivo brillar en la mano de uno de los suyos (de los nuestros), siento las más pequeñas vibraciones del concreto, el sudor no resbala, aunque siento mucho calor; ahora veo más luces entre la niebla y nadie me nota: todos observan a uno de los volantes avanzar. Unos que habían permanecido sentados se ponen de pie e intuyen el gol; la niebla no permite seguir con detalle la jugada, cubre todo por unos segundos, y en pequeñas porciones de espacio libre se ve cómo el balón cruza la línea de gol. Dudan por un segundo, pero el recorrer de los jugadores hacia la esquina les indica que el equipo ha anotado. Los barristas liberan el grito ahogado. Una misma voz grita Gol. La euforia concentrada en un monosílabo ha consumido a los barristas y toda la pirotecnia ha sido ahora liberada: Sol Sur se ha vuelto un paraíso en sepia.

Pocos minutos quedan de juego. Trompeta vuelve a mí y me abraza, Un abrazo de gol, me asegura. Los últimos quince minutos del juego son los que más se disfrutan, ya sea por otro gol nuestro o por un posible empate, me dice. La barra alienta, vuelven los cánticos y ahora los dirigen a la barra rival. El juego se ha vuelto lento, el árbitro levanta sus manos y luego las dirige al centro, este último movimiento acompaña al pitazo final.

Reconozco los ritmos luego del segundo o tercer canto, derivan todos del álbum Fondo Profundo, de Vilma Palma. La Ultra Fiel ahora me hace pensar en los argentinos cuando se trata de fútbol y del fútbol como lenguaje único de los argentinos, ya que por defecto geográfico crecí frente de un televisor donde se repetían los goles de Batistuta y de Riquelme, donde la Argentina Sub-20 se coronó campeona dos veces y no supe para que más eran buenos los argentinos sino para el fútbol.

Veo a Trompeta que se abraza con sus colegas, limpia el sudor de su frente y me indica, a lo lejos, que tendremos que salir rápido. Me despido de los que puedo mientras bajo las graderías, felicitándolos, con un breve abrazo. Recorro el pasillo por el cual ingresé, veo de nuevo al policía de estatura corta y le sigo pareciendo sospechoso, así que avanzo y agacho la mirada. Tenés que moverte rápido, dice Trompeta en las afueras del estadio. Mientras avanzamos, nota mis pasos lentos y apoya su palma en mi espalda y coordina mis pasos con los suyos, trato de sacar mi móvil y le pido un número de contacto, pero me ignora; luego de tres cuadras se separa y no puedo despedirme bien de él, tartamudeo un adiós y un gracias que no escucha.

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