El chorrista

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El cuento que hoy presentamos parte de una situación absurda, ridícula, como sugiere el epígrafe de José Martí, y deriva en todo un acontecimiento hiperbólico que permite observar, de manera simbólica, algunos tópicos de nuestra sociedad actual, como la democracia, el culto a la banalidad, los movimientos de las masas, el poder mediático y el feminismo. Y todo por una mosca volando sobre el sanitario…

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¿No es ridículo un hombre persiguiendo una mosca? –José Martí.

Sería un día igual al resto del mes, excepto para él, su familia y toda la ciudad. El hombre se dijo que quizás preparaba un buen café, y se apuró en ir al baño por los fuertes deseos de orinar que le atacaban al levantarse. Comenzó tranquilo aliviando su carga poco a poco, mientras una pequeña mosca volaba sobre la taza sanitaria; de un lado al otro, repetidas veces, se le antojó atraparla con el chorro, sabía de lo absurdo de su esfuerzo, pero con eso ocupaba su tiempo y quién sabe si tal vez… Además, como le faltaba líquido por evacuar, se esmeró en su novísimo hobby.

La mosca se desplazaba ondulante y con facilidad escapó de los cercos, motivo de intranquilidad para el cazador. Rápidamente los espirales de vuelo cambiaron del inodoro a las paredes del baño, de una pared a otra, la mosca segura y desafiándolo. Y él vaciló, por varios segundos estuvo expectante, no porque le faltara orina, sino por la ilusión de pararse al borde de un precipicio con deseos de saltar. Y se lanzó. Orinó las paredes, los espejos, el lavamanos y el jabón, los azulejos y los cepillos, mas no conseguía alcanzarla.

Llamó a su esposa, quizás ella podría ayudarlo. La cara de la mujer se colmó inmediatamente de asombro y de orina al abrir la puerta; con la nueva brecha la mosca alcanzó la sala. La esposa tuvo que resignarse al empeño del marido porque se mojaban el televisor, los retratos, las cortinas y los libros, todo por el terrible efluvio urinario. En pocos instantes toda la casa estaba embebida en orina, que saliendo a través de la puerta de la calle cubría ya todo el portal.

Una cándida vecina al percatarse los llamó por la ventana, pensando que olvidaron de seguro cerrar alguna llave del agua. La esposa, entreabriendo un poco la puerta se propuso en vano despacharla, con el pretexto de una limpieza de fin de año. Nuevamente escapó la mosca y tras ella el potente chorro. Limpió la cara, el cuerpo y el alma de la vecina, quien se alarmaba dando gritos por el suceso, el chorro y la manguera. Pero el chorrista, sin cansarse, persiguió por todo el vecindario al inquieto insecto, que continuaba revoloteando sobre las casas, el tiempo suficiente como para cubrirlas de forma parcial o completa. Entonces se produjo una gran aglomeración de afectados, que luego de una acalorada disputa, por mayoría aprobaron el acontecimiento.

El chorro no se aflojaba, sino que se hacían más grande el calibre y la potencia. Así, pasadas unas pocas horas el reparto y media ciudad se cubrieron de orina. Todo húmedo: hospitales, parques y estatuas, hoteles, plazas, iglesias y fábricas; incluso en el mercado, las numerosas moscas, como si comprendieran, se alejaron, para no interferir en el duelo ínter especies. Las muchedumbres se amontonaban detrás del cazador y con histerias se comían las uñas, gritaban o tiraban fotos, cuando parecía haber triunfado. Además, las cámaras de televisión captaron cómo salvaba de las llamas y las ruinas a una familia antes que los bomberos, gracias al grueso cordón líquido. Pero la musca domesticus volaba y volaba en matemáticas y complicadas elipses, hipérbolas y parábolas, hasta que no quedó ni un solo lugar sin orina. Finalmente, el insecto se detuvo y su vida expió arrancada por el terrible brazo acuoso, que a partir de ese instante dejó de brotar. Y estalló de júbilo y locura toda la ciudad, sobre todo muchos hombres que alguna vez también trataron de atrapar alguna mosca con su chorro.

El asunto tomó carácter de patrimonio para la historia regional, se conservó el insecto en una urna de cristal del museo, declarando ese día como “El día de la Mosca”, por la aguerrida resistencia del pequeño animal a la voluntad humana. El héroe fue inmediatamente agasajado y nombrado “Hijo Ilustre de la Ciudad”, fue tan bien inscripto su nombre en el libro de record Guinness como el homo sapiens de más largo, potente y duradero chorro de orina. Además, el Cuerpo de Bomberos lo declaró miembro de honor de su sociedad y pensaron en crear un carro especial capaz de permitirle ejercer como bombero.

Pero el proyecto no pudo aprobarse por la resistencia que había en determinados sectores, que alegaron no querer salvar sus propiedades con el orine de un hombre: que si la higiene, los comentarios, el mal olor; por otro lado, los más escépticos comenzaban por enturbiar los oídos a la prensa y los representantes de las autoridades, con argumentos de su posible elección, como nuevo presidente si se ganaba las masas civiles. Explicaron que, si el hecho se tornaba tradición, cambiarían las costumbres de los ciudadanos y serían llamados por singulares apodos desde otras partes del país y del mundo. La metrópoli daba una imagen mancillada por haber sido cubierta completamente de orine, de estimularse esto podría surgir otro aferrado mental y el día menos pensado amanecerían cubiertos de no se sabe qué otra cosa. Por último, fue retirado su nombre del famoso libro, porque influyentes damas de una corriente feminista demostraron que sería un privilegio para los hombres perseguir moscas con su chorro. La imposibilidad de las demandantes representaba otra discriminación, por lo tanto, quedó invalidado su carácter universal.

Entonces se tomaron urgentes medidas, entre ellas de tener y aplastar el auge público alcanzado por el chorrista. En solo veinticuatro horas había pasado del completo anonimato a la cumbre publicitaria, y otra vez era rechazado inevitablemente hacia los estratos más bajos de la urbe social. Por último, los mudaron a otra casa, materialmente de mejores condiciones, pero con todas las ventanas y puertas cubiertas de maya milimetrada, haciéndole jurar y firmar una seria advertencia para garantizar que no se repitiera la odisea civil.

Al levantarse a la mañana siguiente, no fue directamente al baño porque no recordaba su ubicación en la nueva casa. Lo encontró y luego de orinar con alivio se dirigió calmado a la cocina. Un imperceptible zumbido se movía entre las tazas de la meseta, mientras el hombre pensaba: “Será un día igual a otro cualquiera. Haré un buen café”.

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