Cuatro cuentos y cuatro reseñas en El Heraldo

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Los cuentos de los últimos cuatro domingos en El Heraldo han sido de Sergio A. Zepeda (“un narrador extraño al que le gusta experimentar con ciertos tipos de tortura”), Mario Amaya (“Todo ese tejido de ficción, construido con elipsis argumentales y un sutil sentimentalismo, resalta por la habilidad con que los diálogos se articulan con la narración y por una extraordinaria concisión”), Giovanni Rodríguez (“narra con estilo mesurado, atento a los detalles que construyen la realidad del relato, una aventura que comienza como un desplazamiento por gélidos paisajes extranjeros y culmina como un cálido recorrido por el interior de sus personajes”) y Masiel Turcios, (“escrito con un lenguaje transparente”, en el que “hay una enorme densidad emocional en cada acción de los personajes, en su confusión (que el lector comparte), y en el extraño hilo narrativo que oculta algo doloroso”).

Entre los libros reseñados en ese mismo periódico están Proyecto H y otros cuentos, de Javier Vindel, “un escritor que busca crear metáforas novedosas, dominar el lenguaje para jugar con él”, según el autor de la reseña, pero que “la forma en que lo hace no siempre soporta el peso de esas pretensiones”; Como mi general no hay dos, de Jorge Luis Oviedo, una novela en la que “su autor trata de emular la atmósfera del realismo mágico y a veces tiene éxito”, pero que, “vista como un todo, carece del encanto que produce observar lo maravilloso como parte de la realidad, la naturalidad de lo fantástico”; Opalinaria, la canción de los ópalos, de Juan Alger, escrito con un lenguaje “inútilmente grandilocuente” y olvidando “muchas reglas básicas de la puntuación y la ortografía”, con pasajes que resultan “descabellados”, y que, sin embargo, es “entretenido e incursiona en un territorio de ficción aún virgen: los años de creación del enclave bananero hondureño”; y dos brevísimas narraciones de Yury Ortéz: Erika: una rara historia de amor, con un argumento “más manido y cursi que una telenovela mexicana” y escrito con una “prosa colegial”, y Te amo, sinvergüenza, “de una cursilería magnífica”, con una cantidad sorprendente de “casualidades disparatadas y fallas de atención capaces de perturbar incluso la credulidad de un niño”.

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