Pálpito de guerra

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Al pasado no se regresa con la memoria; en realidad se vuelve a través de las emociones, la exaltación, o con las voces pacientes del mundo que saben arrancarnos de la comodidad del momento. Esas voces, como le sucedió a Marcel Proust, están presentes en la hondura del intelecto, pero sólo un estímulo de un gran nivel afectivo puede arrojarlas a actuar, es decir, hacer que empujen la conciencia hacia la recordación. Para Proust bastaba un color, una hoja suelta, el olor de la tierra, la formación de la luz en el horizonte, un nombre, una mota de polvo que oscila; en el tiempo de esta historia, después de tanto revuelo de neón y señales de TV que atontan la mente, se necesita más que eso para ir en busca del tiempo perdido.

Imaginaba eso cuando el hombre apareció en mi horizonte de sucesos. Constreñido por la luz de una tarde de junio, me pareció más un fantasma que una persona de verdad. La algarabía del parque central de San Pedro Sula, en plena feria juniana, se arrastraba con él desde la puerta. Me fijé: la luz combada del sol retenía sus zancadas de borracho y un par de lágrimas recientes acuchillaban su mentón. Todo era triste a su alrededor, incluso la música seca que ponían en el tocadiscos (sorteábamos el final de los años noventa), música que hablaba del vino y las mujeres, pero del vino amargo de las ausencias prolongadas o de las mujeres que se perdieron en el combate del amor.

El hombre amagó varias veces antes de dirigirse a mi mesa. La nebulosa del humo de los cigarrillos lo borroneó al girar y volverse de nuevo hacia la puerta, a un paso de ella se volteó y enfiló hacia donde mi cerveza burbujeaba. Estaba preparado para todo, menos para su profusión, para su amargura fácil. Y como la vida es más artificial que la literatura, en ese momento empezó a pringar. Con una tormenta afuera vendrían la nostalgia y las confesiones. El mundo tendría un aroma a reminiscencia que lo traspasaría todo, imposibilitando el escape hacia la locura del carnaval que amenazaba tragarse el parque.

Llamé al mesero para darme valor. Otra cerveza era necesaria para compensar el enorme vacío que el hombre imponía con su cuerpo. Me preguntó a qué me dedicaba. Tuve que mentirle porque adiviné que su carga no era del momento, que me estaba retando a que fuera con él a buscarla al pasado. Uno siente la inminencia del dolor, sabe cuándo un alma apesarada quiere descargar del todo su contenido. No es que no le interesen las historias de la gente, es que precisamente ha ido a un lugar como ése para huir de ellas. Al escritor las historias lo apabullan, todo mundo cree tener derecho a restregárselas en su cara. A veces lo rebasan tanto que busca los sitios concurridos para escapar de su influjo. Pero por lo visto esa tarde no habría suerte.

El hombre empezó a hablar, despacio al principio, luego se fue calentando. Si sollozaba o no, no era de mi incumbencia. Yo sólo sorbía y dejaba que ese lado oscuro de mi mente tratara de poner atención y atenazara con liviandad sus añoranzas. La otra parte estaba con Marcel Proust, con ese mundo infinitamente pequeño y sensible que él lograba aislar cada vez que apagaba su vela e iba a dormirse. Las palabras del hombre venían de las canciones, de los murmullos de ancianos empalagosos que recordaban sin llorar.

Dos veces me amenazó con su botella, creo que no se atrevió a sacar una navaja que portaba en su cinturón. Tal vez entendía que yo no daba importancia a las vicisitudes de su corazón atribulado. Si él hubiera leído a Onetti sabría darme la razón: sólo los poetas y las prostitutas son capaces de consentir los sinsabores de los demás en sus espíritus y armar recuerdos con ellos. Los demás sólo somos comparsas, figurines de papel que arrugan o distienden su cara de acuerdo a la gravedad del asunto que se cuenta.

Más tarde el hombre se calló. Se puso soñoliento y veía a su alrededor como si creyera que lo vigilaban. La mucosidad de su nariz sustituyó a las lágrimas, tenía el mentón embarrado y la cabeza le caía de lado. Entonces me fijé en su cuello endeble, en los brazos raquíticos, en su pecho delicado. Todo su cuerpo negaba la historia que su memoria trataba de imponerme. El hombre estaba en el pasado, por lo menos su sección afectiva, y había arrastrado los hechos de aquella tarde hasta allí. A partir de ese momento me sentí fuera de lugar y los ruidos y los sabores adquirieron matices atávicos.

Es posible que fuera la tristeza del hombre la que consiguió llevar a cabo la trasposición. La parte oscura de mi mente lo había seguido hasta aquel tiempo brumoso del pasado. No sé si entonces comenzó a contar de nuevo o en realidad nunca había parado de hacerlo. Esta vez su historia tenía sentido, pero como siempre, seguí restándole importancia. Muchos de los vejetes que fumaban sus cigarrillos raros y engullían las bebidas se acercaron a escuchar. Después no supe quién contaba, se conformó una turbamulta de voces. Docenas de frases que se referían a aventuras de guerra. Las guerras humanas contenidas en una sola, perenne y destructora. O tal vez no contenidas en una, sino reducidas a la batalla de un único corazón desbocado. En el interior de aquel hombre desvalido latían todos los rencores, se estremecían los odios más profundos. A continuación, no vi al hombre como un símbolo sino como una certeza. Por eso me porté como lo hice: lo dejé plantado en plena catarsis. Ni siquiera me detuve a pagar la cuenta antes de levantarme. Era mejor la frivolidad del parque o los desmanes del tráfico que hacen de la Tercera Avenida una sucursal del infierno.

La historia del hombre desconocido tuve que soñarla después para poder contarla. Nunca estuvo a mi disposición, nunca transitó el presente. Ni siquiera era épica o trágica, tampoco cómica o desmesurada. Era la refundición de todas las necedades humanas, de los desatinos de la especie.

Me pareció que en su historia la guerra del 69 era más una añoranza del heroísmo que un pretexto del desamor. El hombre confesó que se había enamorado tarde y que eso le dejó las membranas del corazón resquebrajadas. La nacionalidad de la muchacha era el problema. Lo había plantado ante la inminencia del conflicto, o la obligaron a plantarlo, nunca lo supo. Lo cierto es que su amada, con la que tantos futuros había imaginado, se esfumó una noche, tal vez siguiendo el mismo éxodo de los campesinos salvadoreños hacia su frontera. Allí le nació el odio verdadero, el que martillea en las entrañas. Una sed de venganza lo alentó a pedir el traslado. De la guarnición de la ciudad de San Pedro Sula a las barracas del batallón en Naco y luego hacia los sitios donde se peleaba o se fingía pelear. Llegó a tiempo para disparar a los soldados salvadoreños que se saltaban la frontera y fue de los pocos que se quedaron disparando cuando aquellos tomaron impulso y provocaron la desbandada. A su denuedo y heroísmo lo impulsaba el desquite, cada tiro llevaba una dedicatoria: los paisanos de la muchacha pagarían en sus cuerpos lo que su propio cuerpo estaba padeciendo. No supo a cuántos soldados salvadoreños les rompió el corazón, literalmente. Lo cierto es que se batió con pasión y estuvo a punto de masacrar a una partida de combatientes enemigos que rodeaban una aldea. Se contuvo hasta que se le acabaron las municiones.

Creo que el hombre aseveró que nadie quiso reconocerle su sacrificio, ni porque hubiera estado perdido y aguantara hambre durante un par de días en un cerro de Ocotepeque. Volvió con el furor a medias resuelto y fue uno de los que lamentó la firma del cese al fuego. Si la lucha hubiera seguido se habría despojado del todo de ese sentimiento magullado que lo zahería, según entendí, pero como se detuvo, aún guardaba resquicios de él. Por eso le daba rabia, se emborrachaba y se ponía triste.

Nunca volví a ver al hombre ni a saber nada de él, aunque seguí visitando con alguna regularidad aquel sitio de bebidas del parque. Sé que anda por allí contando a otros una versión distinta de los hechos en que participó, he escuchado rumores. La historia del mundo es tan falsa y ridícula que se vuelve a ella siempre por los canales equivocados. Ese hombre, por lo menos, eso lo comprendía bien.

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