Diluvio para Millennials

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¿A qué remiten los adjetivos “temperamental”, “intenso”, “triste”, “impulsivo”, “inseguro”, “hipersensible” o “furioso” que el siguiente cuento presenta, no siempre de manera explícita, para referirse a su personaje principal? Quizá el título constituya una pista, pero en todo caso, saber que ese personaje principal no es un ser humano sino algo más, pueda hacernos tambalear por un instante. Con un manejo eficaz de la prosopopeya, la autora logra dotar a esta historia de un carácter simbólico y constituye así una alegoría del ser humano del presente, que libra, día a día, una lucha consigo mismo en la aparente lucha contra los otros.

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Había nacido en una zona lejana del Atlántico, cuando tormentas eléctricas se acumularon y se desplazaron sobre aguas oceánicas cálidas. En sus primeros días de vida era apenas un remolino de vientos que, entre silencio y susurros, paseaba en aguas pacíficas, pero para el día que nos ocupa, se había convertido en un temperamental huracán categoría P. Volátil, fuerte y venusto, sus brazos alcanzaban los mil kilómetros de extremo a extremo y su ojo tenía un diámetro de cincuenta calmas unidades; bajo sus ondas nubosas se hacía acompañar de vientos con velocidades extravagantes, truenos y lluvias torrenciales que anunciaban su proximidad a tierra.

Le habían contado que el continente americano era un lugar tranquilo para establecerse y ya que la esperanza de vida de los huracanes es muy corta, no dudó en dirigirse hacia allá. En tan solo veinticuatro horas apareció en todos los radares meteorológicos. Hizo llover por tres días seguidos hasta desaparecer unas lejanas islas sin dueño; después de eso el conflicto entre Argentina e Inglaterra llegó a su fin. Gracias a las condiciones favorables que encontró en su camino, creció rápidamente y al tercer día, la Estación Espacial Internacional había logrado hacerle su primera fotografía. Se veía guapísimo desde allá arriba. Su intensidad fluctuó durante los días siguientes, pero en su sexto día alcanzó la categoría de huracán mayor. Celebró por todo lo alto, mientras los noticieros contaban cómo un archipiélago entero se había ahogado.

A la mañana siguiente despertó con resaca; apenas abrió los ojos, vio tres exuberantes extensiones de tierra, separadas una de la otra, pero con características similares, cajas musicales llenas de adornos y gente bailarina con el Mar Caribe de espejo. Recordó que había olvidado un frente frío y en su camino de vuelta vio el mar embravecido, las pequeñas islas que se erguían antes ya no estaban y a lo largo se levantaba una estela de destrucción que nunca tuvo intención de provocar. La tristeza y un impulso enorme por abrazar a aquellas criaturas que había lastimado le invadieron.

A lo lejos se escuchaba a los periodistas anunciar que la categoría del huracán había bajado un número y que parecía desviar su curso; los anuncios fueron acompañados por gritos de júbilo. A pesar de saberse no querido, comprendía la reacción de la gente. Solo algo le confundía: le llamaban Irma. Todavía no se había detenido a pensar en su nombre, pero definitivamente no quería llamarse así. Se vio acusado de machismo, pero él sabía que simplemente no se sentía identificado con un nombre de mujer.

—Me llamo José —gritó, más confundido que molesto. Su clamor tocó tierra convertido en vientos huracanados que levantaron techos de casas y pusieron a bailar a las palmeras. Las redes sociales se encendieron con videos de las inundaciones, los llamados de ayuda internacional se hicieron escuchar por todas partes, masivas evacuaciones fueron visibles desde el espacio como enormes trenes de luces a lo largo de las carreteras, las iglesias se abarrotaron por los más incautos elevando plegarias para que Irma desviara su curso o desapareciera. José comprendió que el rechazo era inherente a su naturaleza y que aquellas bestias no eran capaces siquiera de atinar su género. Si José hubiera vivido más tiempo, se habría dado cuenta de que la costumbre era poner nombre de mujer a los desastres naturales, a las brujas y a los electrodomésticos. Si con todo y lo majestuoso que él era, la humanidad se había atrevido a ofenderlo y le dictaban normas de conducta que no eran propias de él, ¿qué no harían con los pequeños o con los que no tenían voz propia? Una especie así no merecía vivir. Tomó la corriente tibia en el océano y los vientos fríos del norte, los combinó en un abrazo y desató su furia hacia el horizonte. Una vez ese mundo había sido destruido con un diluvio; debía serlo otra vez.

Una alerta roja se propagó por toda la costa este de Estados Unidos, las islas caribeñas se vieron azotadas por la cola de José, especies no endémicas aparecieron en África y el istmo centroamericano recibió réplicas de temblores nacidos en México.

Al octavo día, José descansó.

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