Hipócrita lector

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“Mientras el tedio se limite únicamente a los asuntos del corazón, todo es aún posible; pero si se extiende a la esfera del juicio, estamos perdidos”. Silogismos de la amargura. Tiempo y anemia. E. M. Cioran

En la dedicatoria “Al lector” de Las flores del mal, Charles Baudelaire menciona “la jaula infame de nuestros vicios” y señala uno que lo habita y es, a su parecer, el “¡más feo, más malo, más inmundo!”. Baudelaire hace en sus versos el retrato de ese monstruo intimísimo:

Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos, /Haría complacido de la tierra un despojo /Y en un bostezo tragaríase el mundo: /¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto, /Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa.

El diccionario de la RAE, en su primera acepción, define el tedio como “Aburrimiento extremo o estado de ánimo del que soporta algo o a alguien que no le interesa”, y ¿quién no se ha encontrado una o muchas veces bajo el influjo de ese estado? Bullen en mi cabeza tantos “algo” o “alguien” que no me interesan y que definitivamente me aburren. Negarlo sería aceptar el epítome de Baudelaire cuando se dirige al “hipócrita lector”.

En días como hoy, cuando el tedio me asalta, me siento a buscar qué es lo que se ha dicho al respecto, como quien hurga con un dedo envuelto en sal en lo profundo de una herida. El tedio está ahí, arrellanado conmigo en la butaca, viéndose a sí mismo con mis ojos.  No espera nada de mí. Yo tampoco espero nada de él. Sabemos que nadie dará el primer paso hacia la destrucción del otro, que seguiremos en nuestro comensalismo, cada uno con la presencia del otro en las entrañas, que nos ocuparemos de otras cosas, de otras gentes, pero que siempre volveremos a encontrarnos cuando los simulacros de la ocupación nos dejen como un edificio abandonado en el que sólo pueden sobrevivir las alimañas.

Leo las citas que encuentro en la pantalla, salto de un contenido a otro, hago click muchísimas veces y con cada uno me adentro en realidades anónimas y volátiles, en un ciclo compulsivo con que intenta encontrar lo interesante. Mi historia desaparece y sólo queda el ojo voyerista pegado al agujero del presente. El pasado y el futuro no existen, y la mirada del aburrimiento es incapaz de dotar de sentido al mundo de la vacuidad.

Hay algo clínico en todo ello, una patología que asoma sus belfos fatigados y me impulsa, por un lado, a precipitarme en la acción, en cualquier acción, y, por otro, me mantiene apoltronado en la indiferencia. Lo dice Heidegger en algún sitio: “El aburrimiento profundo va rodando por las simas de la existencia como una silenciosa niebla y nivela todas las cosas, a los hombres y a uno mismo en una extraña indiferencia”. En la poltrona del aburrimiento profundo el horizonte temporal se dilata y aparece el vacío. Diríase que no hay nadie sentado en ella, pero he ahí que el aburrimiento me lanza una mirada y me sonríe con sorna. Siento que no piensa largarse nunca de la casa, que será mi inquilino perpetuo y que terminará ocupando todos los espacios.

Intentar huir de él no es una opción («Contra el tedio hasta los propios dioses luchan en vano», dijo Nietzsche), pero finjo que se puede y me levanto del sillón, me visto como sea y me dispongo a salir. Cuando meto las llaves en el bolsillo de mi abrigo me parece oír detrás de mí algo como un regurgitar de tripas, un carraspeo malhumorado y, a la vez, sarcástico, unos pasos que se arrastran por el piso con desgano. “Tan bien que estábamos aquí”, siento que susurra en mi cabeza. Es el tedio que viene a colocarse a mis espaldas como la magra mochila de un migrante. Me voy. “Nos vamos”, me corrige, pero no respondo. ¿Para qué?

La gente que encuentro por la calle tiene vacías las cuencas de los ojos, sin alma. Nos vemos de un abismo a otro. Algunos parecen ir con prisa a una cita urgente, otros vagan como yo sin objetivo aparente. Entro a un café, miro la lista de productos en la pared, la chica detrás de la barra de servicio me pregunta qué voy a querer, veo los buñuelos y galletas detrás del vidrio curvo. “Nada”, le digo. Quiero agregar que no veo lo que me gustaría ordenar, pero ella no me da tiempo para hacerlo, me mira como al último de los apestados de la Tierra y exige “Hágase a un lado, entonces, para que pase el siguiente cliente”. Salgo.

Así voy un rato, de café en café, de librería en librería, de bar en bar. Entro y salgo de diversos lugares como de un gran bostezo cuya pestilente exhalación emana de las bocas de toda la ciudad. No tiene caso alargar más la ficción del activismo. Es casi una profesión de muchos desocupados atrapados por el tedio. Es otra forma del aburrimiento.

Para hurgar en las profundidades del tedio no hace falta sentarse frente a la ventana a ver pasar la gente sumergida en esa nata de inconformidad que les rodea, ni cruzarse de brazos a contar las infinitas estaciones de la aguja de un reloj. El tedio está por todas partes, incluso en el trabajo, mientras se trabaja. Se deja de hacer tanto como se hace por el tedio. Es un dios bifronte: una cara mira hacia la inmovilidad y otra hacia el activismo. Ambas se anulan en el no-ser desgarrado y convertido en precipicio que existe entre ellas. Si alguien nos preguntara ¿Para qué?, en el tono adecuado para entender que es la pregunta definitiva, entonces el mundo entero, quizá, se detendría y aparecería el rostro del tedio en toda su monstruosidad y magnificencia.

Vuelvo. Mientras camino pienso en las absurdas cosas que hace la gente para distraerse (o distraer el tedio y poder distraerse ellas sin el tedio): reunirse bajo los más desquiciados pretextos. Un cumpleaños, una boda, una fe, un libro, una cita, son argumentos válidos para reunirse, para matar el aburrimiento unas horas, pero podríamos ser más creativos: clavar alfileres, por ejemplo, en los globos oculares de ciertos individuos a los que el exceso de tolerancia o cobardía mantiene impunes en las sillas dictatoriales de la academia, el arte, los poderes del Estado. Si alguien se escandaliza por esta idea, recuérdese que Dostoievski menciona en Memorias del subsuelo (me gusta más la traducción Apuntes del subsuelo) ese ejemplo de la historia romana en el que Cleopatra «se divertía clavando agujas en el pecho de sus esclavas y que le producían gran placer los gritos y contorsiones de las víctimas». Repitamos las palabras de Fiodor a continuación de aquella cita: «Me dirán ustedes que esto ocurría en una época un tanto bárbara; pero nuestro siglo es bárbaro también». Después de todo, el tedio quizá sea un fruto de la barbarie de estos tiempos, en los que hemos dejado de ser entidades para convertirnos en cifra del capital y de la nada.

¿Vienes todavía conmigo?, le pregunto al tedio. “Vengo y te esperaba”, me responde cuando entro a la habitación y lo descubro, gordo de invisibilidad, en el hueco del sillón. No he sido yo quien ha cavado esa forma en el asiento y el respaldar. Ha sido el tedio, es el tedio, es la presencia del tedio hecha de ausencias vitales. Me da igual hacer una cosa u otra, así que vuelvo a encender el ordenador, como para poner un velo sobre el vacío implacable del espejo. Saltan ante mis ojos los ídolos del entretenimiento: las ofertas de viajes, los anzuelos del mercado, las invitaciones a eventos, las propuestas de trabajo, los chats preñados de discusiones bizantinas. El aburrimiento ríe al escuchar mis pecados en su confesionario, y el sacerdote Baudelaire contesta:

Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes; /Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones, /Y entramos alegremente en el camino cenagoso, /Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.

A partir de ciertos elementos doctrinales que encuentra en la tradición, Tomás de Aquino explica el tedio en la Summa Theologiae como un vicio opuesto al gaudium, que es el gozo espiritual. Establece una relación causal entre el tedio y la acedia, y declara que la acedia comporta un cierto hastío en el obrar, donde la pesadumbre espiritual se muestra como una consecuencia del mal en que incurre la acedia (busque acedia, no se quede sin saber, no se puede dar todo masticado, por más aburrimiento que usted tenga). Dejo acerca de esto únicamente la referencia de que Evagrio Póntico relaciona la acedia con la idea de “pensamiento malo”, entendido como inspirado por un demonio, el “demonio del mediodía”, en tanto que, “ataca al monje hacia la hora cuarta y asedia su alma hasta la hora octava” (de 10 de la mañana a 2 de la tarde).

Las fuentes de Tomás de Aquino van de Casiano (De institutis coenobiorum y Collationes), que dice: «El sexto combate que nos ocupa, que los griegos llaman ἀκηδίαν, podemos designarlo tedio o ansiedad del corazón», a Alcuino de York (De virtutibus et vitiis), quien agrega: «De la acedia nacen la somnolencia, la desidia por la obra buena, la inconstancia, el andar errabundo de un lugar en otro, la tibieza en el trabajo, el tedio del corazón, la murmuración y las pláticas vanas».

Existe también una vecindad semántica entre palabras como tedio y spleen, según el entendido de los juegos de lenguaje del “segundo Wittgenstein”. Leo que Walter Benjamin también analizó el spleen en «Sobre algunos temas en Baudelaire»» (1939), «Zentralpark» (1940), «El París del Segundo Imperio en Baudelaire», así como en los capítulos dedicados a Baudelaire y al spleen en el inacabado Libro de los Pasajes (1927-1940), en una suerte de desarrollo de las categorías melancólicas y su vinculación con los escenarios metropolitanos, pero esto merece otra entrada y por ahora me da pereza hacerlo. Ahí usted, hipócrita lector, dirá que lo va a investigar por su cuenta y, probablemente, le gane el tedio y no lo haga.

Hasta aquí veníamos con la idea del tedio como un monstruo, pero me ha sorprendido descubrir autores como Alberto Sánchez Rojo, que ha dedicado sendos trabajos a teorizar sobre el aburrimiento como una competencia positiva de los individuos de la actualidad. Lea usted, si no es mucho esfuerzo el que le propongo, el resumen de uno de sus textos titulado El aburrimiento como competencia: educación para un mundo sobrestimulado:

El aburrimiento en tanto que sentimiento de apatía e indiferencia es normalmente vivido como experiencia negativa. De hecho, desde un punto de vista educativo, se ha considerado tradicionalmente la necesidad de erradicarlo. Ahora bien, ésta no es la única manera de entenderlo. Un análisis más profundo puede llevarnos a encontrar en él ciertos aspectos positivos. Desde una perspectiva filosóficoeducativa […] el aburrimiento no es otra cosa que tiempo para uno mismo, el cual es esencial para el desarrollo de la auténtica subjetividad. La sociedad del conocimiento exige individuos autónomos y responsables, pero paradójicamente siempre está ocupando nuestro tiempo. Así pues, con el fin de solventar esta paradoja, concluiremos que el aburrimiento debe ser considerado en la actualidad como competencia básica y fundamental.

Aquí hay tela que cortar, pero también lo dejo a merced de su experta desidia o pereza, dado que no se puede ir al extremo en el análisis en este breve espacio.

Interesante, ¿verdad? “Aburrido”, dice el aburrimiento. No sabe que tengo bajo la manga un pedazo del espejo roto, para vernos en él. Es Nelson Merren, ese poeta enorme y, a la vez, anónimo, que se fue de la inmensidad frente al mar a la marea de la urbe y nos dejó este poema que le pongo al tedio como un paño de cenizas calientes en el rostro para terminar esta columna y no caer en los excesos del juicio:

PAISAJE CON UN TRONCO PODRIDO

Flojo el mar, con pereza

Zarandea constante al viejo tronco.

Cada vez que respira

El mar, lo mueve un poco,

Lo tira más allá, luego lo trae,

Y lleva horas en esto.

En esta pobre costa

Con bloques de cemento carcomido

Y carnaval de latas y papeles

El mar sigue jugando

Sin ganas con el tronco.

Ni el mar se anima un poco,

Y el tronco es un pelele

Resignado a su suerte

Y yo sé que los tres estamos aburridos.

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