Literatura for dummies (3)

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Hace ya un par de meses, en la penúltima entrega de la serie literatura for dummies, las conclusiones redundaban en que el estudio de la literatura revela en la actualidad un amplio panorama de enfoques teóricos de diversas procedencias y escuelas que brindan al lector herramientas extraordinarias para explorar con creatividad y precisión su complejidad y riqueza tanto en lo temático como en el aspecto formal.

Esta reflexión, aplicada al campo de la recepción crítica de la obra, exige a todo aspirante a reseñista la acreditación de una serie de competencias mínimas antes de iniciar su gestión como mediador especializado. Porque una cosa es leer por placer, a título exclusivamente personal, y otra es leer pensando en oficiar más tarde como intermediario ante la colectividad a través de una valoración crítica de la obra.

Por otra parte, también se ha hecho énfasis en la progresiva regresión de los espacios de mediación crítica en Honduras, tanto en cantidad como en calidad. En suma, ya no hay revistas especializadas ni suplementos en periódicos, apenas quedan excrecencias disfrazadas de “reseñas populares” o cuartillas anónimas adjudicadas a una hipotética “redacción” que aparecen como gacetillas perdidas en medio de las rimbombantes secciones de “entretenimiento”, donde apenas sobreviven, escuálidas, frente al brillo de las bodas, los bautismos y las degustaciones que llenan las ediciones de fines de semana en los medios impresos.

Esta condición anémica, esencialmente parasitaria y diletante, de la mediación crítica que aparece en los actuales medios impresos, ha propiciado un paulatino envilecimiento en el perfil del receptor de la obra literaria. Antes teníamos lectores medianamente informados y con cierto nivel de exigencia, cuyo “gusto literario” (Levin Shücking) se fue construyendo desde la década de los 80 hasta comienzos del siglo XXI con secciones literarias publicadas en los periódicos de mayor circulación como “El ciempiés cojo”, “La Prensa Literaria”, “Cronopios”, “Magazine literario”, “Solar”; a la par circulaban revistas especializadas donde se publicaban (con nombre y apellido) reseñas, críticas y dossiers como Alcaraván, Estiquirín, Sobrevuelo, Cuarto Brujo, Astrolabio, Galatea, Tragaluz; de esa época datan, también, publicaciones señeras como Retahíla, Literatura hondureña contemporánea, Literatura Hondureña y las memorias del Primer Simposio de Literatura Hondureña, donde destacaba la enjundia crítica de Hernán Antonio Bermúdez, Helen Umaña, Rigoberto Paredes, Manuel Salinas Paguada, Galel Cárdenas, Marcos Carías, Arturo Alvarado, Roger Isaula, Roberto Sosa y Roberto Castillo. Otras voces, otros ámbitos, diría Capote.

Mientras, en el contexto académico se producían encuentros y jornadas de estudio y creación literaria que generaban inestimables experiencias, estudios puntuales y valiosas hipótesis de trabajo para el abordaje teórico de la literatura nacional y centroamericana. Por su importancia destacan el II Congreso Internacional de Literatura Centroamericana (CILCA, Tegucigalpa, 1994) que logró reunir a más de un centenar de especialistas y académicos provenientes de universidades del Centro y Sur de América, Europa y Estados Unidos. Así como el ya mencionado Primer Simposio de Literatura Hondureña (Tegucigalpa, 1991), donde se reflexionó con claridad teórica acerca del tema impostergable de los esquemas generacionales en la literatura nacional. Y esto es solo una muestra de la actividad teórico-crítica en torno a la literatura nacional y regional que, de manera incuestionable, influyó en la formación de un público lector con un bien definido perfil de exigencia estética.

Las comparaciones son odiosas, apunta el cliché, pero a veces son necesarias para interpelar a la realidad y establecer los necesarios raseros de calidad en la valoración de la literatura de una nación. Sin duda carecemos de un análisis completo que nos ayude a explicar el empobrecimiento cualitativo de la actividad literaria en Honduras, donde se publican más obras, pero de dudosa calidad. Lo paradójico es que la mayoría de estos bodrios son celebrados en las ya mencionadas páginas, a medio camino entre la graduación de Condorito y la boda de Lucrecia con Nemesio. Y así, todos tan felices y todos tan contentos, según el amigo que le toque.

No obstante, es evidente que la degradación corre pareja en los niveles ya señalados: mediación crítica y ejercicio creativo. En resumen: en algún momento del camino perdimos el rumbo, y lo que es peor: persistimos en el extravío, adormecidos, tal vez, por los empalagosos cantos de sirena provenientes de un “submundo performativo y virtual” donde medran, entre otros adefesios, los open mic y slam poéticos junto a la “creación instagramática” (¡!).

En esencia lo que se echa de menos en este tiempo, incluso en idéntica medida a la competencia teórica, es la ética mínima inherente tanto a la creación como a la mediación crítica, que sólo se logra a través de la aplicación de criterios asentados en la ciencia literaria antes que en la más pura visceralidad o en la “poética del entretenimiento”. Desde Aristóteles, la lucha eterna está planteada: alcanzar la armonía que lleve, a través del ethos y el logos, a la valoración ecuánime de una obra cuyo pathos ha cumplido ya con su intención primera de atrapar al lector.

Efecto inmediato de este particular contexto es que mientras los vecinos más cercanos viajan a velocidad luz, nuestro entorno creativo se ralentiza en un círculo infernal de rencores y mediocridad aldeana que lastra incluso a los mejor dotados. ¿Cómo soslayar que el autor nacional languidece en el abismo de la autoedición, en tanto que algunos de sus pares guatemaltecos, salvadoreños y nicaragüenses marcan el ritmo en las grandes editoriales?

Y en tanto que el síndrome del furgón de cola se cierne, ominoso, sobre las letras nacionales, ciegos ante la realidad inmediata y sedados por la falta de contraparte crítica, todavía nos empecinamos en reeditar la metáfora del cubo lleno de cangrejos, como queriendo hacer de la frase dantesca el signo inequívoco de nuestra literatura: “Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate”.

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