Heliodoro Valle, López Velarde y las búsquedas afines

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Rafael Heliodoro Valle nació un tres de julio de 1891 en Tegucigalpa. Es considerado por Galel Cárdenas como “el escritor posmodernista más prolijo que ha tenido el país”. Algunas de sus obras significativas son El rosal del ermitaño (1911), Ánfora sedienta (1922), El convento de Tepotzotlán (1924), El espejo historial (1937) y Unísono amor (1940). Incursionó en la poesía, en la narrativa y el ensayo, siendo este último su género más representativo. Asimismo, ejerció en diversas áreas profesionales, como el periodismo, la investigación histórica, la política y la recopilación bibliográfica.

Su vocación por la escritura inició desde temprana edad, influida, quizá, por una genealogía con tradición literaria, en la que figuran José Trinidad Reyes y Ramón Rosa.

A los quince años, se dice, redactó su primer artículo, titulado “El mineral de Cedros”, que apareció en el semanario El Fígaro, cuyo director era Adán Canales; dicha publicación probablemente le abriría el paso hacia el periodismo, ya que a partir de un año después, en 1907, la historia lo ubica trabajando para algunos diarios, como La Prensa, y revistas como La Enseñanza Primaria y Honduras, en los que contribuyó, generalmente, con escritos de carácter biográfico e histórico.

El artículo publicado el dieciocho de julio de 1907 sobre Benito Juárez en La Prensa generó el interés del cónsul mexicano, el General Gutiérrez Zamora, quien también era escritor. Este diplomático extendió una invitación a Heliodoro Valle para que estudiase en México; sin embargo, Valle, cauto, manifestó: “Mis padres son muy pobres y no podrían sostenerme allá”; así que Gutiérrez Zamora gestionó la ayuda financiera que el viaje requería a través del presidente de Honduras, don Miguel R. Dávila.

El seis de febrero de 1908 se dirige a México, adonde llegará catorce días después, el veinte de febrero. Gran parte de su desarrollo como escritor tuvo lugar en la nación mexicana; esto le permitió realizar diversos viajes y, en consecuencia, conocer a diferentes personalidades, tanto de la literatura como del ámbito diplomático en México, Sudamérica y Europa.

López Velarde. Amistad e influencia

El corpus literario de este notable escritor hondureño muestra una convergencia de corrientes estilísticas, particularmente en su poesía, en la que confluyen desde temáticas románticas hasta elementos posmodernistas; asimismo, posee algunas composiciones escritas en verso pero con aires narrativos. Óscar Acosta recuerda que el autor entabló amistad con algunos escritores contemporáneos de Latinoamérica, entre ellos Ramón López Velarde, Enrique González Martínez y Porfirio Barba Jacob. Sería el mexicano López Velarde una de las principales influencias estilísticas en la obra de Valle; por eso Acosta señala que “no debe de sorprendernos entonces que en mucha de la poesía de Rafael Heliodoro Valle encontremos reminiscencias lopezvelardianas”.

En López Velarde la poesía entremezcla erotismo con religión, una dicotomía denominada por él mismo como una “dualidad funesta”; por ejemplo, en “Elogio a Fuensanta” dice: “Nardo es tu cuerpo y su virtud es tanta/ que en tus brazos beatíficos me duermo/ como sobre los senos de una Santa”; Heliodoro Valle mantiene el tema religioso pero le acompaña la búsqueda de una ‘belleza celestial’, como en “Las mariposas”: “Quisiera ser bandada de mariposas blancas/ para ir volando a Dios sobre inasibles ancas;/ a esa circunferencia de centro de diamantes/ del que todas las cosas están equidistantes…”.

Algunos escritos destellan versos dirigidos hacia una amada; de igual forma, ambos autores emplean la imagen de una prima con finalidades líricas. En “Mi prima Águeda”, Velarde evoca el prototipo de musa romántica: “Águeda era/ (luto, pupilas verdes y mejillas/ rubicundas) un cesto policromo/ de manzanas y uvas/ en el ébano de un armario añoso”. En “Mi prima Carmen”, Valle utiliza una perspectiva distinta, ya que realiza una analogía de Honduras a través de la belleza de Carmen: “Mi prima Carmen tiene en su ternura el cielo/ de Honduras y el aroma de los pinos en flor;/ y en sus palabras tiembla la suavidad del vuelo/ de las nubes que viajan en busca del amor”; el poeta culmina con esta estrofa: “Dulce niña de Honduras, morena y florecida,/ que pasas por la vida como por un jardín;/ el amor es la exacta presencia de la vida/ y la vida un breve perfume de jazmín/”.

Por otro lado, Helen Umaña destaca que Valle incluye en El espejo historial (1937) una serie de “poemas narrativos que tienen un soporte histórico o legendario”, y que además “desarrollan una breve anécdota que el autor adereza con cierto lirismo”; por ejemplo, “El ángel de la Nueva España”: “Un hombre que va de prisa/ a Veracruz ha llegado./ La mirada muy azul/ y como pájaro esbelto/ su figura parece por área la de un pájaro,/ de los que andan apenas/ sobre el códice descalzos…”.

Al parecer, el lado posmoderno de Heliodoro Valle es más notorio cuando surgen elementos narrativos, ello se sustenta en la concepción respecto al Posmodernismo del argentino Alfredo Veiravé: “Sencillismo en una poesía que expresa directamente la realidad cotidiana, la búsqueda de una poesía intimista y culta y el retorno a los asuntos humildes de la tierra y la patria”.

El estilo de “poema narrativo” se vislumbra también en López Velarde, como en el caso del ya citado poema “Mi prima Águeda”: “Mi madrina invitaba a mi prima Águeda/ a que pasara el día con nosotros,/ y mi prima llegaba/ con un contradictorio/ prestigio de almidón y de temible/ luto ceremonioso”.

En esta breve comparación entre la poesía de Rafael Heliodoro Valle y la de Ramón López Velarde hay también, por supuesto, una diferencia en la visión del universo poético de ambos. La obra de Valle está cargada de ornamentos que recuerdan a la naturaleza, constituye una amalgama estética, a veces religiosa y, otras veces emotiva, que refleja el enfoque del autor ante la poesía: “¿Si nuestras alas tiemblan bajo la luz del día, /si vamos a la vida que perfuma y existe,/ al aire de los campos que da su eucaristía/ y hacia el país en donde nadie puede ser triste?/” (“Las mariposas”, Como la luz del día, 1913). Mientras que los poemas de López Velarde muestran una filiación hacia temas como el amor, la muerte y la ausencia a través de lo que llamaba la “dualidad funesta”: “¿Por qué en la tarde inválida,/ cuando los niños pasan por tu reja,/ yo no soy una casta pequeñez/ en tus manos adictas/ y junto a la eficacia de tu boca?” (“Ser una casta pequeñez”).

Rafael Heliodoro Valle falleció un veintinueve de julio de 1959 en México, país en el que se le aprecia por haber sido “un explorador infatigable de múltiples aspectos” de su pasado cultural y se le considera tan mexicano como cualquiera. Este año se cumplen seis décadas de su partida.

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