Hablemos de bares

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En San Pedro Sula se ha puesto de moda inaugurar grandes bares blancos, lugares chic de estética minimalista y excesiva pinta fashion; bares de nombres inauditos, entre el inglés y el árabe, que ofrecen “las mejores marcas” —también se ha puesto de moda ofrecer las mejores marcas— con zonas vip y a veces champán. Hablo de bares que apenas aguantan un par de meses y luego se van estrepitosamente a la mierda porque es imposible sostener tanto lujo en un solo lugar, y aunque adentro no tienen muebles, por esa excitación artística del palet, las bebidas son carísimas. Bares planeados para poner música de Lady Gaga o para invitarla a que grabe allí. Bares también de gays, pero de gays muy naifs, rozando el límite de lo gay, pero no junto a la heterosexualidad sino hacia el otro lado, una cosa indescifrable.

Esos bares donde abunda la pose —no por gusto pagan más luz que Las Vegas—, quiebran al poco tiempo más bien por aburrimiento. Empiezan bien, con un ambiente fresón, pero es sabido que la yegua poco a poco busca el monte. Yo en lugares así siempre respondo “okey” o “macanudo”, digo que sí a todo salvo en los baños, donde en ocasiones me niego, y al final doy la mano a casi todos los presentes poniendo cara de tipo interesante, una cara que en mí resulta absurda ya que lo único interesante en mi vida es lo que va a pasar una hora después de la primera Salva Vida. Pero siempre hay un momento en que me termino yendo más sobrio de lo que llegué y conmigo —cada uno con su excusa—, muchos otros que prefieren perfumarse en la tenebrosidad de los bares de toda la vida, los de hierro, y poner los pies sobre un suelo chuquísimo en el que se amontona lo más sombrío de la conciencia humana.

Los bares nuevos fracasan porque la clientela prefiere lo sórdido, busca rodearse de la chusma y meterle mano a jovencitas con el pelo teñido de morado y tatuajes en la clavícula como signo british. En esos bares el famoso no es una presentadora de televisión ni un influencer, sino el músico o el poeta que va pidiendo calma a la jauría que le hace fila para el autógrafo. La Honduras de la crisis no alza vuelo en las vitrinas ni en las terrazas sino en el sótano, bajo un bullicio ensordecedor que acaba convirtiéndose en melodía después del quinto cubetazo. Ahí se hace pisto a lo bruto, pisto que luego se invierte en destartalar focos, manchar paredes, trapear el suelo con Pinexo y arrancar el llavín de la puerta de un baño diminuto y de olor inconfundible para que en su interior todo sea adrenalina, con uno poniendo el pie en la puerta, el otro haciendo malabarismos para entrar y uno más descolgando lo que queda de un espejo roto; Honduras reflejado de pronto alrededor de un metro cuadrado.

Yo cada vez que entro en un bar en el que hay papel higiénico en el baño salgo corriendo despavorido. Los dueños están equivocadísimos si creen que el negocio les va a funcionar saliendo en el periódico. Lo que se necesitan son metederos en los que sobreviva el futbolín, el billar y los dardos y los clientes corramos el riesgo de recibir un vergazo bien dado de un gordo descomunal. Sitios en los que si se jode el equipo de sonido haya siempre a mano una rocola con rolas de ayer, de hoy y de toda la puta vida. Lugares en los que perfectamente uno pueda fondear un rato con cierta tranquilidad y salir de allí al borde del abismo, reptando por la calle y buscando una cuneta donde dormir. Bares, quiero decir, que lo hagan sentir a uno vivo, no artificialmente muerto, como esos lugares de espejos formidables y luces relumbrantes que parecen más bien quirófanos, salvo que en los quirófanos, a la hora de la anestesia, sí se permite fumar.

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