Nada nuevo bajo el sol de la ficción histórica

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En las últimas décadas los teóricos y críticos de la literatura han identificado nuevas formas de integrar la ficción y la realidad histórica en las novelas. Los estudios apuntan hacia un replanteamiento de la novela histórica del Siglo XIX como algo que suele llamarse “nueva novela histórica” o que algunos aluden como “novela posmoderna”. En Latinoamérica el término equivale a la narrativa que surgió tras el boom latinoamericano, caracterizada por emplear recursos vanguardistas como el flashback, la alternancia de voces narrativas, múltiples perspectivas de un acontecimiento, entre otros. Los hechos históricos en este tipo de novelas se abordan a partir de un cuestionamiento de la identidad, es decir, se reconstruye, parodia o desmitifica la historia oficial.

En Honduras la poca producción literaria no ha dado lugar a un análisis sobre la nueva novela histórica; los autores que lograron renovar las letras hondureñas han situado a sus personajes en contextos históricos pero no han utilizado las figuras históricas como personajes. En 2015 la Editorial Guaymuras publicó El rapto de la Sevillana,de Marta Susana Prieto, una novela que tiene como escenario la época de la colonización y conquista española en nuestro territorio. Prieto toma como personaje principal al guerrero indígena Cicumba y lo envuelve en una trama amorosa con una mujer identificada como “la Sevillana”.

En la introducción del libro Prieto manifiesta que su narración se basa en un hecho real: “Una española, natural de Sevilla (…), fue secuestrada por Cicumba, dueño y señor del Valle de Sula. En la breve mención del hecho que hace don Antonio de Herrera y Tordesillas, se basa esta audaz ficción” (p. 11). La novela se estructura en siete capítulos que siguen un orden cronológico: desde la llegada de los colonizadores a Puerto Caballos (actual Puerto Cortés) hasta el rapto de la Sevillana, el combate indígena contra los españoles y finalmente la conquista del lugar y el adoctrinamiento de los nativos. Cabe destacar que al inicio de cada capítulo hay ilustraciones que intentan sintetizar los acontecimientos narrados.

 Tomando como punto de referencia la ficcionalización de una época determinada y sus figuras destacadas, ¿se puede hablar de una nueva novela histórica con El rapto de la Sevillana? Realmente no, puesto que el relato sigue los esquemas decimonónicos de la novela histórica del Romanticismo: la coyuntura histórica, idealización exagerada, el sentimentalismo y los monólogos existenciales de la protagonista.

La novela inicia con la llegada de un grupo de españoles a Puerto Caballos, donde fundaron la Villa Natividad de Nuestra Señora. En el grupo se encontraban la Sevillana y junto a ella, su esposo, quien llegó enfermo y murió semanas después a causa de una flecha cuando los indígenas levantaron un ataque liderado por Cicumba; es en este momento cuando ocurre el rapto que da título a la novela. A partir de entonces el lenguaje es acompañado de frases sensibleras por parte del narrador omnisciente y la protagonista. Precisamente es la Sevillana quien encarna al clásico personaje romántico; la misma autora señala que el relato “se adentra en las profundidades de la condición humana y atribuye al amor y la maternidad las razones de la Sevillana para no abandonar el cautiverio” (p. 11).

Durante los años en que la Sevillana permaneció en el asentamiento indígena procreó cuatro hijos con el cacique. En un momento de la narración se identifica el sentimentalismo que la autora le atribuye a esta figura histórica:

Cicumba se turbó sintiendo que era de cristal transparente y que el viejo podía leer sus más íntimos pensamientos. Se sintió avergonzado de que el viejo supiera que su mente y su corazón estaban ocupados por la Sevillana, y eso le producía una profunda opresión. Tenía razón. ¿Cómo odiar, si amaba? (Capítulo V, p. 147).

Tanto el personaje de la Sevillana como el de Cicumba están idealizados; a la primera la percibimos a través de la descripción del narrador: “Los ojos del cacique se distendieron ante la vista de algo hermoso (…), en verdad era lo único agraciado que había entre tanto muerto y tanta sangre, porque no hay nada más espléndido que lo que vive” (p. 48); y al segundo a través de la apreciación de la protagonista (se destaca que en pocas ocasiones Cicumba interviene en un diálogo, se sabe que está ahí porque el narrador lo alude): “Ni un rasgo en sus ojos indicaría que observaba en Cicumba al más joven y esbelto, de mejor estampa que cualquiera de los visitantes…” (p. 105).

En cuanto a los aspectos formales de la novela, se encuentran pocas metáforas y algunos símiles sencillos: “Contestó más frío que una piedra” (p. 50), “Ese pensamiento la hizo temblar como hoja seca” (p. 57); la estructura carece de recursos novedosos, sigue un orden lineal; el lenguaje, en la mayor parte de la narración, es ostentoso y tiene comas en exceso, con lo que, en lugar de otorgar a la narración las pausas apropiadas, a veces se pierde la idea del párrafo: “Hacía un mes, una de las más jóvenes, después de tomar medicina para el dolor de las articulaciones, unas flores blancas con bordes dentados, amaneció muerta” (p. 61-62).

Los últimos dos capítulos desarrollan el combate indígena contra los españoles y finalmente reflejan la conquista y el adoctrinamiento de los nativos. En este punto la acción se deja llevar por los ideales de libertad de la Sevillana, quien interviene en medio del enfrentamiento y, de modo casi inverosímil, convence a uno de los españoles más crueles de la conquista (Pedro de Alvarado) de sellar la paz con el pueblo de Cicumba:

“-¡Por el amor de Jesucristo Nuestro Señor y su Santísima madre la Virgen María, parad esta guerra! (…) Lo he dicho antes y lo repito ahora. Soy eso que tú has dicho, y más: una mujer que odia tanto la guerra como ama a sus semejantes. Sí, soy una pobre mujer que puede golpear tu armadura con la más fuerte de las conciencias: la de la paz”.

“(…) Don Pedro de Alvarado quedó en silencio. La Sevillana lo observó quitarse el casco y poner la espada en el suelo (…). Todos recordarían aquella fecha memorable, cuando don Pedro de Alvarado selló la paz y Cicumba aceptó la fe cristiana” (p. 168-169). 

Prieto consigue representar en el desarrollo de los capítulos la cosmovisión y costumbres indígenas, además de su forma de organización social y de comercio. No obstante, su estilo se enmarca en el esquema de la novela histórica del siglo XIX. El relato finaliza con una carta de la protagonista para sus hijos, donde recrea la temática del mestizaje y la dualidad de culturas. Nada nuevo bajo el sol de la ficción histórica.

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