Los cuentos mayores de Marcos Carías

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Hay libros de la narrativa hondureña que merecen algo más que la sola mención en los escasos volúmenes de nuestra historia literaria. Plaza mayor, circo menor, de Marcos Carías, es uno de ellos.

Los cinco relatos contenidos en este libro, publicado en 1994, comparten similitudes temáticas y a la vez demuestran un claro interés del autor por los aspectos formales. Así, se observa que la mayoría de personajes son jóvenes estudiantes radicados en España y las acciones transcurren en medio de un ambiente de camaradería y complicidad.

El primero de los cuentos, que da título al libro, narra un absurdo plan ideado por Lucas Ayuso y compañía para “vengar” a sus antepasados precolombinos en el “Día de la Hispanidad” (p. 22). Hay encabezados que informan la hora en que se desarrolla la acción; esta segmentación propiciará que, hacia el final del relato, aparezca una especie de laguna argumental que posibilite la participación activa del lector.

En cuanto a los hechos, cabe mencionar que están narrados en tercera persona, y van de lo suntuoso a lo ridículo. En ese sentido, Carías logra articular acertadamente la narración propiamente dicha con los diálogos, la solemnidad de los actos con la burla, la seriedad del discurso con la ironía y el humor: “El Pirolo era la quintaesencia de lo feo. La quíntuple cita de sabe Dios que etnias deseaba manifestarse en su rostro pero no lo conseguía” (p. 18). Ocurre algo similar con el claro manejo que muestra de las oraciones largas y las cortas.

En “Tenía que ser así a Tuto” se cuenta la reacción de un grupo de muchachos al enterarse de la muerte de su amigo Alvaro. Ferdi, el más dolido por la noticia, se mueve de un lugar a otro transmitiendo el trágico final y recordando al que había sido su más cercano compañero. Los diálogos muestran rasgos del habla coloquial; recursos como las onomatopeyas o algunas frases hechas sirven para dotar de expresividad al discurso, que por ratos se asemeja a un relato oral. Asimismo, el narrador en tercera persona interviene levemente, a veces de forma humorística y en otras mueve al lector de un punto a otro dentro de una geografía reducida (el barrio, la plaza). No obstante, hay cambios repentinos de contexto, en los que no se observa intervención alguna del narrador, que se explican gracias al desgranamiento producto del lenguaje mismo.

La voz narradora cobra vigor para detallar la desolación que sufre Ferdi ante esta pérdida: “Todo el lado alegre de la vida se la había clausurado. El lado serio nunca había significado nada para ellos, y para él, estaba más hueco que la muerte. Eso. La muerte. Jamás había reparado en ella” (p. 45). El relato sufre un giro argumental hacia la mitad, aunque para el lector atento no supondrá una sorpresa, ya que los personajes ofrecen sutil y desvergonzadamente la verdad. Una de sus grandes virtudes es que en su punto más importante la narración abandona la sencillez y se torna enrevesada y sugerente, mientras alterna con diálogos directos en pocos párrafos que son capaces de resumir la violencia. Por otra parte, el autor lleva la ironía más allá del aspecto de fondo, pues inicia y finaliza la narración con soberbia astucia.

“Un breve, conciso informe” se aleja un poco de los temas presentes en los cuentos anteriores. Aquí se relata la investigación en torno al suicidio de Lucio Amadeo Alguán, un joven peruano que se arroja “desde la torre de la Catedral” (p. 58). El encargado de realizar el informe policial es el Comisario Luis Postigo, quien no comparte la idea anterior y decide iniciar el proceso investigativo. Así, entrevista a muchos testigos y realiza apuntes, los cuales irrumpen en el discurso de la narración. Además, aparecen fragmentos de los “papeles” que dejó Amadeo. De esta manera surgen perfiles de sospechosos y posibles causas de la muerte. Sin embargo, las opiniones de los diferentes entrevistados se contradicen y acaban por configurar una suerte de mito alrededor del personaje suicida, coronado por el pasaje onírico del final del relato.

“Pasaje de ida y vuelta” es el relato más extenso del conjunto y está dividido en dos partes. La primera, con una prosa más descriptiva, a veces poética, y narrada de manera cronológica, cuenta el viaje que emprenden los estudiantes Toño Funes y Miguel por diversos puntos geográficos (Nueva York, Lisboa, entre otros) hasta llegar a España. El lector acude al encuentro de dos formas diferentes de encarar la vida, la de las relaciones personales y la del patriotismo: “-Y qué. A mí que se me da ser español o ser chino. –Pues, que a la patria de uno, se le tiene amor y respeto, se explicó Miguel. Aunque tenga cosas malas, hay que buscar lo que la engrandece” (p. 79). La segunda parte, llamada “Y”, tiene como protagonista a Toño Funes y los hechos giran alrededor de sus relaciones personales, especialmente con Susi. La acción no continúa el final de la primera, pues esta se sitúa en otra época del año. El autor utiliza aquí recursos como la analepsis, para explicar cómo ha evolucionado el personaje, y la prolepsis.

“Vuelta” ocurre diez años después del viaje de Toño Funes a España, y consiste en un recuento de las vicisitudes del personaje durante su estadía en ese país. Esta pieza narrativa tiene el sello de Carías, que podría recordar a su novela Una función con móbiles y tentetiesos (1980), ya que hay voces que se mezclan, diálogos sin intermediarios, narración en tercera persona, el recurso epistolar; todo ello de manera fragmentada. La prosa en este relato está dotada de ironía y sarcasmo.

Es indudable la gran capacidad creativa demostrada por Marcos Carías en éste y sus otros libros de narrativa. A veces parte de la ambigüedad de las palabras para insinuar o hacer comentarios irónicos o se permite jugar con la sintaxis, la ortografía y la puntuación, aunque esto, al menos en este libro, en un par de ocasiones parece innecesario. Sin lugar a dudas, Plaza mayor, circo menor es un volumen de cuentos con un gran valor literario.

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