Epstein y el arte de la perversión

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El apellido Epstein (de origen judío) constituye en la literatura -al menos en tres autores- una reseña de lo infame, lo irreverente y lo artístico. Los personajes Jacobo, Josep, Mike y Clarissa aluden a lo “repudiable”; dos figuran en la narrativa hondureña y de entre ellos, uno tiene su génesis en la realidad, los otros dos pertenecen al convulso mundo de Roberto Bolaño (1953-2003), quien los crea a partir de referencias auténticas.

El 1 de septiembre de 1937 se publica en la revista Ariel el cuento de Froylán Turcios (1875-1943), “Número de manicomio”[1]. El autor se centra en cuestionamientos polémicos sobre la vida artística de Jacobo Epstein, un escultor controversial que vivió de 1880 a 1959. El relato corto está constituido a base de preguntas y respuestas. Robert Rawson (personaje ficticio), quien responde a las interrogantes de un hombre anónimo, sostiene que Epstein debería estar en un manicomio por su demencia artística.

Tumba de Oscar Wilde en el Cimetière du Père-Lachaise – París.

“Los hombres y las cosas no le importan una nuez. Su odio atroz, su lacra sangrienta se resume en un nombre: Cristo, he aquí el punto céntrico de todas sus demencias, de su fantasía. Desde su infancia sintióse como poseído por una ira frenética ante cualquier libro, lienzo o escultura que exaltase la figura del Redentor” (pp.272).

Según apuntan las fichas biográficas, Epstein, de padres judíos nativos de Polonia y refugiados neoyorkinos, no está lejos de los parámetros que expone la narración de Turcios; además, su desdén no solo tiene que ver con la desgana hacia el Dios cristiano, sino también contra el semitismo: “Pero en su corazón miserable desbordábase todo el obscuro rencor de su raza por el maestro de maestros (…) se cubrirían la cara con gesto de asco para no ver esos horrores de El Día, La Noche, Venus, Rima; su primer Cristo, La Virgen y El Niño, y otras por el estilo, son exactas expresiones de un espíritu que ha perdido el equilibrio, de una voluntad poseída por la más extravagante, por no decir estúpida de las ideologías” (pp.272 y 273).

Muchas de las controversiales esculturas desnudas que cita Rawson fueron colocadas en lugares públicos, esto despertó la repulsión de la gente. Una de las obras más famosas de Epstein es la figura desnuda que se encuentra sobre la tumba de Oscar Wilde, la cual condena Rawson como una de las más repugnantes junto al Ecce Homo.

“El símbolo hediondo como lo bautizó mi colega Sanders, que, como una eterna marca de infamia, colocó sobre la tumba del desventurado Oscar Wilde, en Père Lachaise, produjo un motín en el que se obligó al perfecto de París a cubrirlo con un trozo de lana; y el Ecce Homo, donde estalla su feroz venganza contra Jesús, presentándolo como un verdadero monstruo cuadrado, horrible y antiestético como un ídolo de tribu africana” (pp.273).

“Número de manicomio” es un texto con datos puntales biográficos que mitifican la figura del personaje real; seguramente, como fabula Turcios, desde “su gabinete lleno de pequeñas esculturas de una obscenidad capaz de producir náuseas al sátiro más lúbrico”, Epstein creó sus extravagantes y vanguardistas obras.

Por su parte, Enrique Capmany en 1979 publica su primer y único libro de relatos cortos, La puerta del abismo (única ed. El Progreso: Ciudad Destellos, 131 pp.). Oriundo de Tegucigalpa y de padres catalanes, vivió toda su vida en El Progreso, lugar que sirve de contexto para la mayoría de sus relatos, de los que sobresale con mayor lucidez artística “Las fotografías obscenas de Josep Epstein”.

El Epstein de Capmany es un asesino serial, un hombre fracasado que intenta redimirse tomando distintas fotografías de sus víctimas, quienes son prostitutas y a las cuales engaña haciéndose pasar por un tipo afable. “Mi perturbación son los colores de la fotografía. Las mujeres me ven como todo un caballero. Soy amable y atractivo. Siempre visto con saco y corbata. Podrían jurar que soy el hombre de sus sueños y no se equivocarían, pues sin pensarlo un segundo tornaría sus  vidas en pesadillas. No hay nada que yo tenga que envidiarle a Ted Bundy”[2] (pp. 90). Así inicia el relato de Capmany.

Escrito en primera persona, el texto posee un lenguaje explícito que sirve para incrementar la tensión de escenas perturbadoras, como cuando Epstein rememora la noche en que asesinó y le mutiló las piernas a una prostituta de 15 años: “Ella era las más joven. El documento colegial informaba que nació el 15 de enero de 1964; sin embargo, no sentí temor, como una frágil afrodita la apoyé contra mi abdomen, sentí la conmoción de mi pusilánime corazón. Manipulé durante un minuto su pálido sexo, el cual estaba cubierto por una diminuta braga color rojo. Ella sollozaba. Coloqué mi mano izquierda sobre su pequeña boca y comencé a penetrarla. Sentí sus paredes vaginales estrechas. Me detuve y le pedí que cerrara los ojos porque le practicaría sexo oral. Una vez que besaba su vientre, mi mano derecha emergió y con una rapidez absoluta le asesté tres puñaladas en la pierna izquierda. Ella quiso gritar y no pudo, solo logró retorcerse, tal vez fue por dolor o resignación. Después de ver cómo corría la sangre de su pierna, le clavé el puñal en el pecho. No gritó. No hubo reproches, solo un lento suspiro, entonces procedí a cercenarle las piernas; ésta tenía que ser una de las mejores fotografías” (pp. 92).

En las siguientes páginas el relato muestra la inapetencia de Epstein por la vida: “un hombre no debe vivir más de 30 años, este tiempo es suficiente para reventarse el cerebro de un balazo”. “Decir que me despierto con un enorme afán por vivir el día a día me da asco. Yo solo pienso en crear fotografías medianamente respetables. Los sitios llenos de personas me aburren, detesto la forma en que todos persiguen lo mismo como borregos al matadero” (pp. 94 y 95).

Luego, a partir de la página 96 hasta la 100, el cuento deja de ser lineal, abandona la descripción de los asesinatos y presenta eventos narrados por un joven Epstein: escribe una carta a su amigo Robert Ripoll, que se encuentra en Vilanova i la Geltrú (Barcelona), en ella le explica su momento de éxtasis artístico y realiza breves narraciones de las pesadillas que tiene sobre una pintura de Paul Cézanne.[3] “Puedo jurarte que a mis 20 años sigo caminado con el semblante ajustado, no creo que al pasar de los 30 exista la misma intensidad que hoy quema mi corazón. Por ahora no coexiste ningún recelo infundado por la emancipación de mis arterias ante la belleza de los rostros y sus sexos. Los daguerrotipos licenciosos que imagino me hacen escupir sangre, después me arrodillo y succiono del suelo el espécimen sórdido de mis muelas, me estremezco como las larvas cuando se alimentan de los nutrientes de lo podrido para poder mutar. Soy un alma atormentada. Desgarro la piel de las mariposas y dejo sus alas para después devorarlas durante el silencio de la madrugada (…) Tengo pesadillas con The Murder: observo que camino hacia el llano de la noche. No sé si estoy en el desierto o el infierno. El frío me recuerda los abriles en los que el insomnio germinó la locura en mi memoria. El cuchillo del hombre es la única y desmesurada luz que hiere las sombras. Llego a ese instante de eternidad. Veo un cuerpo humano sobre la cúspide. No tengo sangre, pero me han asesinado” (pp. 104). “Esta vez soñé que yo era mi asesino. Me vi cargarme sobre los hombros y darme a beber vino. Como símbolo de desprecio me apuñalé el hígado y los riñones. Un vaho infernal emergió de mis vísceras y se instaló en el aliento del otro. Una tercera sombra sostiene mi hombro como si quisiera evitar la huida de mi alma, la cual, pese a todos mis asesinatos sigue viva, viva para matar” (pp.105).

En las primeras páginas del relato las víctimas son anónimas, pero ya para sellar el texto, el Epstein joven da el nombre de su primera víctima: Brenda López Arriaga, de 43 años de edad, a quien rapta, viola y mutila tras un juego de cartas. Epstein comete el crimen en su casa. Una vez que asesina a López fotografía el cadáver y quema sus ropas. Luego tira los restos a un terreno abandonado de la colonia Palermo. Tres días después el cadáver es encontrado y las autoridades manifiestan que el asesinato tiene relación con conflictos entre bandas criminales que operan en la zona. Ese mismo día del macabro hallazgo de López, Epstein apuñala a otra prostituta. Esta vez entierra los restos cerca de la Alcaldía Municipal. Tras regresar a su casa, va al lavamanos y mientras el agua borra la sangre de sus manos, emite un pensamiento que cierra el relato: “Justo en mi segunda fotografía me acuerdo de él. Lo sepia es melancolía, quizá él también era un Epstein bastardo. Quizá no solo deba fotografiar mis asesinatos, quizá también deba grabarlos por varios minutos y venderlos como piezas bursátiles de asco y maldición. Sé que existirán compradores, sé que intentarán silenciarme. Soy un judío y los judíos somos unas bestias, unos seres llenos de inmoralidad, cada uno busca la forma de exteriorizar sus pensamientos fútiles. En mi caso, cada fotografía que mi cámara Nikon réflex de 35 mm toma, es una grotesca imagen, una circunstancia que vuelvo eterna, el puente que necesito para alcanzar la satisfacción” (pp. 108).

En el relato de Capmany los asesinatos sostienen el clímax de la narración y componen el cadáver de un cuento sui géneris que marca la reflexión de que asesinar no solo es un crimen, sino arte.

Las fotografías obscenas de Josep Epstein también resalta por el juego poético, sus digresiones sirven para dinamitar la psicología del personaje partiendo de sus experiencias adolescentes, en las que sueña con ser un bombero y resguardar a las personas, contrario a su juventud, en la que ya se prefigura como un asesino serial cuyo móvil radica en su obsesión por los colores de la pintura y fotografía. Otro elemento valioso es que su final establece un ínfimo parangón conceptual con Mike y Clarisa Epstein, personajes de Roberto Bolaño.

Capmany advierte que su personaje no solo debe fotografiar sus asesinatos, sino también grabarlos, es decir, filmarlos y venderlos como cortometrajes. Esta temática planteada es exhibida por los Epstein de Bolaño, quienes aparecen en la novela póstuma 2666 (México: Alfaguara, 1216 pp.), en “La parte de los crímenes”. Bolaño narra los asesinatos a mujeres de Santa Teresa (trasunto de Ciudad Juárez, México). El corresponsal de un periódico de Buenos Aires (Argentina), llega por tres días a Santa Teresa y escribe una crónica sobre la ciudad y las muertes violentas de mujeres, también redacta un artículo sobre la industria del cine porno y la subindustria clandestina de las snuff movies. [4]

Afiche de la película Snuff.

En su artículo, el corresponsal fija los personajes de Mike y Clarissa Epstein, un matrimonio  norteamericano que llega a Argentina para filmar una película de contenido violento y sexual. Es preciso añadir que esta pareja de productores representa una alteración literaria de referencias genuinas. Los Epstein aluden a Michael y Roberta Findlay, quienes en 1971 realmente viajaron a este país sudamericano y concertaron a actores locales para recrear las matanzas de la familia Manson.

Bolaño ambienta su narración en 1972: “Los  norteamericanos se llamaban Mike y Clarissa Epstein y contrataron a dos actores porteños de cierto renombre aunque en horas bajas y a varios jóvenes, algunos de los cuales fueron luego muy conocidos. (…) Esto había ocurrido en 1972, cuando en Argentina se hablaba de revolución, de revolución peronista, de revolución socialista e incluso de revolución mística” (pp.733).

El escritor chileno sitúa las acciones de su fabulación en la ciudad de Buenos Aires y la provincia de Tigre, sitios en los que realmente los Findlay reprodujeron su película; sin embargo, Bolaño también conduce a sus personajes hacia la pampa argentina para grabar allí algunas escenas. Duermen en una especie de motel para camioneros. Los Epstein sostienen su primer altercado marital. Una joven actriz de 18 años se pone a llorar y desea regresar con su familia. Pronto la tranquilidad regresa al grupo y continúa el trayecto. Tras llegar al hogar de un matrimonio cincuentón inician las grabaciones: “Filmaron una escena en el campo, un tipo que preparaba una hoguera, una tipa que estaba atada a una cerca de alambres, dos tipos que hablaban de negocios sentados en el suelo comiendo grandes trozos de carne”. (pp. 735).

Seguidamente de la grabación, el equipo realiza una fiesta nocturna en la que hablan de política y reformas agrarias. Uno de los protagonistas descubre que Clarissa le es infiel a Mike con uno de los actores y al siguiente día filman escenas de sexo: “El empleado de la estancia carneó una ternera que se comerían a mediodía y Mike lo acompañó provisto de varias bolsas de plástico. Cuando volvió las bolsas estaban llenas de sangre. El rodaje de aquella mañana fue lo más parecido a una carnicería. Dos de los actores suponían que mataban a una de las actrices y que luego la destazaban, envolvían sus restos en trozos de arpillera y salían a enterrarla al campo. Se emplearon pedazos de carne de la ternera carneada en la madrugada y la casi totalidad de sus vísceras. Una de las chicas argentinas lloró y dijo que estaban filmando una cochinada” (pp. 735).

Tras concluir el rodaje, el equipo de producción se va del país y Mike alquila un estudio en Argentina, realiza el montaje de la película. Una de las actrices de la filmación desaparece. Se propaga el rumor de que la joven se marchó a Europa con un revolucionario italiano. Asimismo, se especula que la actriz murió durante la grabación de la película, que Epstein filmó un asesinato real y que mediante misas satánicas él y sus actores la habían matado, ya que ella era la menos famosa del reparto.

Después de enterarse de las especulaciones Epstein viaja a Estados Unidos para sacarle provecho a las suposiciones y al argumento de su obra, la cual es de bajo presupuesto y mala calidad. Se exhibe la película y la crítica lo demuele: un comentarista televisivo lo desenmascara, argumenta que la cinta es falsa, sobre todo la supuesta muerte de la joven: “esa actriz merece estar muerta por su deficiente actuación. Lo cierto es que en esa película, nadie tuvo el buen juicio de liquidarla” (pp.738).

Epstein filma otras dos películas sin ningún éxito. Bolaño concluye el artículo con la muerte del cineasta, quien cae desde el piso catorce de un edificio, aunque la parte que da origen al mito de las películas snuff no es explotada por el autor chileno.

Diferentes artículos en Internet sobre los filmes snuff arguyen que la cinta Slaughter de los Findlay no fue presentada en Argentina, sino que permaneció archivada por más de cuatro años, siendo retomada después por el productor Allan Shackelton, quien la tituló Snuff. Influenciado por subgéneros cinematográficos (rape y gore) cuya temática central es la pornografía, la violencia y el crimen, Shackelton tomó la decisión de lanzar la cinta y realizar una modificación sustancial.

La última escena del filme cierra con un doble asesinato; no obstante, una cámara que continúa encendida graba el momento en que el presunto director de la película se acerca a una de las mujeres que forman parte de la producción e intentan tener sexo, pero ella se percata que sus compañeros los están grabando y entonces rechaza al director, quien con la ayuda de los demás la apuñala y le corta los dedos, finalmente le perfora el estómago y le saca las tripas.

Después de terminar el “asesinato real”, en la cinta no aparece ningún crédito, esto sugiere que esa parte no estaba en el guión y que fue cierta, evidentemente esto intensificó la veracidad del asesinato, escena que Bolaño no fabuló. “En Sudamérica… ¡donde la vida es BARATA!”, fue la frase con que la película fue publicitada y que insinuaba la muerte real de una de las protagonistas.

La mayor parte de la crítica argumentó que la última escena era falsa, y que en su totalidad, la obra constituía un fraude; seguidamente, esta cinta sirvió para definir la subcultura de las películas snuff, la cual ha sido explotada con mayor intensidad en los filmes Tesis (1996) y 8mm (1999).

El cine snuff tiene una relación menor con el relato de Capmany, puesto que Josep Epstein solo colecciona fotografías de sus asesinatos y en última instancia piensa en grabarlos.

En definitiva, los cuatro Epstein figuran en esta compilación como detonantes de lo perverso. A través de la escultura, la fotografía y el cine irrumpen en el contexto de la obra y del lector, marcando un punto de inflexión cultural y trastocando desde estos conceptos artísticos la normativa de lo cotidiano o lo tildado como aceptable.

[1] Acosta, Óscar, Cuentos completos de Froylán Turcios, 1ed. Tegucigalpa: Iberoamericana, 1996.

[2] Ted Bundy: fue un violador y asesino en serie estadounidense, por algunos de sus crímenes fue condenado a muerte en la silla eléctrica en 1989.

[3] Paul Cézanne (1839-1906): fue un pintor francés posimpresionista.

[4] De acuerdo al libro Matar por cultura (Killing for culture) de David Kerekes y David Slater, el término “película snuff” se originó cuando Ed Sanders escribió La Familia, un texto sobre el asesino serial Charles Manson y su grupo familiar. La película que popularizó el concepto fue efectivamente Snuff, que en inglés coloquial quiere decir “estirar la pata”. Fuente: https://www.infobae.com/2006/10/23/282517-muertes-vivo-un-genero-origen-la-argentina/.

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