Asfixia existencial y la literatura como obsesión

1
Los días y los muertos. Giovanni Rodríguez. Mimalapalabra Editores. 320 pp.

La novela de Giovanni Rodríguez Los días y los muertos me retrotrae, necesariamente, a mi llegada a Honduras, en la década de los ochenta. Obviamente, el paisaje que conocí en aquel momento ha cambiado notablemente. Y la novela se desarrolla en tiempos mucho más recientes. Sin embargo, puedo percibir el mismo ambiente; entre otras cosas, creo que lo que debe lograr una novela es un ambiente, una atmósfera. Y posiblemente las ciudades deben tener algo así como un alma, en griego diríamos un éthos, una manera de ser que le es propia y también duradera. Todavía cuando vuelvo a San Pedro me encuentro con aquel espíritu, bullanguero, despreocupado; pero a la vez muy comercial y tesonero, con gente que se despierta al alba y trabaja mucho, bajo la égida de un grupo de hombres que vinieron desde principios del siglo XX desde distintas partes del planeta: palestinos, norteamericanos (quienes fundaron las bananeras y las compañías mineras), alemanes. Todavía al comienzo de los ochenta fui a hospedarme por un tiempo en una maravillosa casa del barrio Río de Piedras, propiedad de una señora alemana que me enseñó, con especial énfasis, alguno de los modismos regionales de la lengua castellana, que ella pronunciaba con un marcado acento prusiano. Esta atmósfera particular que se respira en la novela me recuerda muy bien los primeros recorridos por la ciudad “del adelantado” que me habría gustado que hubiese sido fundada a orilla del mar, con inmensas olas rompiendo en los acantilados. Me habría ahorrado la tarea de comprarme una moto para salir los fines de semana hacia las playas de Puerto Cortés, que en aquella época dorada todavía podían disfrutarse como balneario. Para mi gusto, el adelantado se había internado demasiado. Todo habría sido más fácil para mí, pero la historia ya estaba escrita, y la ciudad había sido fundada, según dicen los historiadores, “en un sitio cercano a Choloma, en 1536”[1].

La dedicatoria, reza: “Que disfrute, Raúl, esta aventurilla medio violenta”. Sí, verdaderamente la disfruté, por varias razones. Una de ellas, porque me hizo revivir la atmósfera de San Pedro Sula. Cuando llegué por primera vez, después de una tumultuosa noche tropical en el Gran Hotel Sula en que mis colegas de la universidad que venían a darme la bienvenida me colmaron de cervezas y no sé ahora si de algo para comer. Pero el que bebe, bebe y no tiene por qué comer. Al otro día, en que tenía que presentarme al Centro Universitario Regional del Norte (CURN), desde el taxi contemplé por primera vez ese maravilloso Merendón, todo tan verde, pero de un verde mucho más intenso que el que se puede contemplar en Buenos Aires.

El primer golpe de calor lo sentí en Panamá, venía desde Buenos Aires por Pan-American Airlines, que hizo una escala en Panamá, después de la de Río, donde pernocté y luego, al otro día, volé por la Sahsa, en donde pude disfrutar de buenos Bloody Mary; en esta compañía hondureña eran muy generosos con el vodka. Hay que recordar que venía por primera vez al Caribe y estas experiencias térmicas fueron bastante impresionantes para mí, como el golpe de calor que sufrí cuando abrieron la puerta del avión en Panamá; era como entrar, verdaderamente, en una sopa. Algo equivalente al calor húmedo de San Pedro, que no logra atemperarse por la noche y al cual me costó adaptarme por lo menos unos seis meses. Ahora, como Zaratustra, he decidido adentrarme en la montaña, donde casi puedo contemplar cumbres nevadas (esto es nada más que mi imaginación).

Lo primero que me llamó la atención en la novela de Giovanni Rodríguez, desde el punto de vista narrativo, fue el hecho de que no estaba frente a una novela, sino ante dos: la de López, en tercera persona, y la de Guillermo Rodríguez Estrada, en primera persona. Esto implica, indudablemente, un enorme esfuerzo estilístico, una gran destreza narrativa, que está muy bien lograda.

Y entonces también encontramos metaliteratura, en los comentarios irónicos sobre el Boom literario latinoamericano y los escritores “del patio”, que con esos recursos garciamarquianos pretenden escribir la gran novela hondureña.

Pero también está la reflexión sobre la realidad cotidiana de San Pedro, de Honduras y de Centroamérica, expresada con esta amarga manifestación: “¿En qué lugar vivimos?, se preguntó López, ¿qué infierno es éste en el que conviven tranquilamente la violencia y la inocencia?” (p.34).

En otro plano, aparece la “metafísica”, que brota muy naturalmente por los soliloquios del personaje principal, que asumo es López, aunque podría ser perfectamente Guillermo Rodríguez, el homónimo del autor. Saliendo de esta pequeña digresión, la palabra metafísica aparece varias veces en el texto como una referencia a lo existencial, a la condición existencial-situacional de “ser en el mundo” (sic), con lo cual quiere anclarse en una visión del mundo de la cotidianidad, desde una posición existencial que no puede “pasar de moda” porque, si bien dicha condición, podríamos decir, fue creada en la post-guerra del siglo XX, después de la segunda guerra mundial por Camus, Sartre y todo un gran movimiento intelectual que rodeó el momento, es, sin embargo, la expresión de la condición del ser humano desde los orígenes. La lista de novelas existencialistas es verdaderamente muy grande y tiene como autores a los mejores autores del siglo XX, y creo que, desde distintas perspectivas, seguirá destilando tinta.

Giovanni Rodríguez nos describe una cotidianidad verdaderamente terrible: “Porque los homicidios y los asesinatos habían llegado a convertirse en una mera estadística que día a día crecía” (p.37). El hecho de que los homicidios, las masacres, los asesinatos se hayan convertido en una cifra para una oficina que las tabula para hacer comparativamente análisis que nos indiquen que las cosas van mejor o peor, es horrible. Cada muerte debería ser un verdadero escándalo.

Pero el personaje principal, continúo con la tesis de que López es el personaje principal, es un periodista; y a la vez escritor, que está escribiendo esta novela. Hay una recurrencia entre la profesión de periodista y la de escritor, y de hecho ha sido muy común traspasar los límites entre uno y otro “métier”. Así lo fue Truman Capote o el mismo García Márquez.

López hace esta agria observación en un café céntrico de San Pedro, se dice a sí mismo: “Pobres ignorantes de su suerte: sin haber muerto todavía, la vida ya es ajena para ellos”. Y el relator, el de la “otra novela” (Guillermo Rodríguez) menciona el “gran contenedor de la basura existencial”, pareciera que lo único que los impulsa a vivir, a soportar esta existencia sin mucho sentido, es la escritura. En los dos personajes, con mayor o menor intensidad, aparece la literatura como una obsesión y una tarea que pareciera estar marcada por el destino de los personajes.

Y sorpresivamente en la página 101 aparece la melancolía (la bilis negra), un sentimiento que ya no parecía habitar en la mente y los cuerpos de hombres contemporáneos. Dice el personaje, que es el mismo relator, Guillermo: “Yo atravesaba breves pero constantes rechas de melancolía”, como un sentimiento existencial que nada permitía sustraerlo.

Hay muchas imágenes felices, como diría Borges: “A veces las palabras suenan así, como burbujas de alguna sustancia caliente rompiéndose al borde de un tubo de ensayo”; ésta es una frase casi surrealista, como la de la máquina de coser y el paraguas en la camilla de operaciones.

La literatura es la constante, el gran tema de la novela: “Por aquellos días empecé a sentir que definitivamente mi vida era la literatura” (p.117).

Y se reproduce algo que muchas veces he escuchado, pero que no sé si he comprendido: el sexo como venganza (¿será que de allí viene la expresión castellana joder: si yo tengo sexo con alguien lo jodí; también en inglés existe la misma expresión, aunque los que tienen poco vocabulario la usan mucho más de lo que se usa en castellano: fuck). Es muy interesante esta expresión del personaje que escribe su autobiografía criminal: “vengarme disfrutando de ella” (p.126). Y más adelante: “ella no era mía”, el acendrado sentido de posesión del otro (en este caso es el hombre el que habla; pero el mismo sentido se expresa también en las mujeres en nuestra sociedad patriarcal).

Pero además, está aquí el sexo como arma, como violencia, como violación; y la otra gama dantesca de la violencia que el periodista que tiene a cargo la crónica policial debe ver diariamente: “miles de cuerpos ahorcados, macheteados, baleados, apuñalados, violados, empalados y descuartizados que había visto a lo largo de su vida” (p.143), reflejo de las “calles furiosas”, una personificación feliz, un adjetivo borgiano (p.159).

La soledad es otro de los grandes temas de la novela. Creo que vivir solo en esta ciudad tropical debe ser muy difícil, o en sobriedad y con demasiada cordura. En López pareciera que la cordura subsiste hasta que sufre el atentado, por su trabajo profesional. A partir de ahí todo se torna esquivo y parece ser visto por ese ojo de pez del departamento, que todo lo deforma y en el que está anclado. Éste es el sesgo existencial del relato, el de la soledad, ya que es un desconocido de la familia, y su novia no es en verdad una novia sino una compañera circunstancial a la que paga; pero todavía se le agrega la paranoia que le provoca el atentado, lo que lo convierte en un cuerpo: “Al no tener planes ni expectativas, el ser humano funciona más con el cuerpo que con la cabeza, se vuelve casi eminentemente fisiológico, piensa más en comer o en el sexo y ocupa menos su mente y su cuerpo en actividades útiles, se deja arrastrar poco a poco por la inercia y se convierte, sin darse cuenta, en un organismo sedentario e inútil” (p.216).

Está también, como en las mejores novelas existencialistas, el elemento que nos lleva al Ser: en Sartre es la Náusea, tematizada filosóficamente en El ser y la Nada; en Camus es algo más indefinible racionalmente; pero hay un absurdo, un vacío, una extranjería que nos permite acceder al ser. En el mito de Sísifo sería más bien el suicidio, como la única posibilidad filosófica. En Heidegger es la angustia.

Aquí es la “asfixia”, una asfixia existencial, agravada por el calor húmedo, pegajoso, que se filtra a través de las paredes y que nos invade completamente: “el calor es sólo el principio de la asfixia, sólo el principio de todas las asfixias” (p.224) ¿Qué son esas otras asfixias sino una asfixia existencial que no nos permite salir del cubo del apartamento, cuya única ventana es ese ojo de pez deformante, que produce una imagen surrealista de los que se acerquen a él? Quizás a causa de esa “asfixia” es que aparece la misantropía moliereiana: “Odiaba a la gente” (p.225).

Y el yermo literario de nuestra patria dividida para todos, como diría el poeta Sosa: “Me sentía como el pintor que salió de su exposición en busca de la única persona que parecía haber comprendido su obra” (p. 246) Éste es un tema recurrente en la literatura, la música y la pintura, y refleja el hecho casi normal de la distancia que hay entre el público y el lector, el público y el músico o el pintor. Si cada uno de ellos va “un paso adelante”, el público queda rezagado y no siempre tiene la intención de franquear esa distancia. ¿Quién debe dar el paso hacia adelante o hacia atrás? Si el artista se queda o da un paso hacia atrás, la obra se integrará rápidamente al arte de masas, este tipo de obras es el tipo de obras “de éxito”. Si el artista da un paso adelante, éste no es verdaderamente un paso, sino un verdadero salto en el vacío. Estos saltos son los que permiten una evolución del arte, y del ser humano.


[1] Rodolfo Pastor Fasquelle, Biografía de San Pedro Sula,1536-1954. Central Impresora. 1989.

1 comentario
  1. […] Para leer el texto completo, sigan por aquí: Asfixia existencial y la literatura como obsesión. […]

Leave A Reply

Your email address will not be published.